Voces calentitas

por Fer Población

Ya lo sé, que nadie se escandalice que sé que esa expresión se la he robado a Rosario Flores. Espero que ella me la preste y no se enfade conmigo. Pero es que es verdad, es que hay gente que tiene una voz especial, una voz dulce, cálida, que te hace sentir arropado y abrazado aunque apenas conozcas al dueño (o dueña) o esté mucho más lejos de lo que te gustaría.

Y yo ayer oí una de esas voces. Y no, no tiene nada que ver que fuera una conversación dulce, melosa, acaramelada… Era una telefonista de mi banco llamado para ofrecerme no sé qué producto financiero. Y a mí… Si lo poco que tengo de dinero lo tengo en una hucha en forma de cabina de teléfonos y creo que sólo me daría para una llamada local.

El caso es que cuando te llaman y dicen que es de tu banco te da cierto miedo, vamos que te acojonas, y por eso escuchas. Porque si en vez de ser de mi banco hubiera sido de cualquier otro, o de una compañía de teléfono o algo similar, seguro que habría colgado en menos de un minuto. Y habría sido una pena, porque no me habría dado cuenta de la preciosa voz que me habría perdido.

Pero era de mi banco, así que primero oí y más tarde escuché. Me daba igual lo que me estuviera contando, yo sólo quería recrearme en cómo me lo estaba contando. Cómo el final de sus eses quedaba en el aire y daban pie a una sonrisa. La sonrisa telefónica de la que hablar, aunque se suelen referir a la sonrisa del “parlante” y en este caso era yo el que la tenía clavada en la cara.

Y ella terminó de contarte lo que me tenía que ofrecer. Y yo no pude más que decirle que no, que no estaba interesado, pero que tenía una voz preciosa.

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