Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: enero, 2016

Pequeñas grandes cosas

Cuando era pequeño me encantaba la sopa que hacían en casa de mis abuelos de Madrid. Tenía algo especial, algo diferente, algo que no probaba en ningún otro sitio. Era un sabor que aún a día de hoy recuerdo perfectamente. Siempre he pensado que los sabores y los olores son los recuerdos más fuertes que tenemos.

Un día, pasados muchos años, cuando ya me había hecho menos niño y más capullo, me di cuenta que aquello que antes consideraba tan especial, ese ingrediente que hacía que esa sopa fuese mágica, era simplemente hierbabuena. Solo una hoja de hierbabuena dentro de la sopa. Nada más.

Y la verdad es que me desilusioné bastante. No había ninguna fórmula mágica, ningún secreto guardado bajo llave. Era algo simple, fácil, común y ordinario. Y eso no era lo que yo esperaba, lo que yo quería. Yo esperaba magia y encontré rutina. Qué mal.

Nunca he vuelto a poner hierbabuena en la sopa. No sé el motivo, pero nunca lo he vuelto a hacer. Quizá porque no quiero volver a desilusionarme, no quiero volver a probar la sopa y darme cuenta de que no es tan rica, no es tan mágica.

La sopa es la misma, el que ha cambiado soy yo, pero ya os he dicho que me he hecho menos niño y más capullo.

Farinatic 

Si hay algo que me gusta más que ir a comer con buenos amigos, es que estos buenos amigos vengan a comer a casa. A mi casa, me refiero. Creo que eso es algo que he sacado de mi madre, ella siempre ha sido (y es) una gran anfitriona. Y que nadie se confunda, ser un buen anfitrión no es poner cosas carísimas y estar todos como si nos hubieran metido un palo por el culo. No, no es eso. Ser un buen anfitrión es conseguir que todos coman, beban (lo de beber sabéis que es muy Población) y se rían como si estuvieran en su casa. 

El caso es que el otro día tuve unos amigos a comer en casa y me di cuenta de varias cosas. En realidad ya las sabía, pero más bien lo comprobé. 

Primero, el tema de lo tardabas que son las mujeres… Es cierto, pero los hombres también. Que yo empecé tomando el aperitivo con mi primo Jose y su novia Ana y Kike y Sergio llegaron a merendar. Kike en la ducha tarda lo mismo que los egipcios en hacer las pirámides, las obras del Escorial o Paquirrin en hacer la carrera. Eso sí, ya lo dice él mismo, compensa con otras cosas. Que está bien eso, que todos tenemos nuestras locuras y defectos y hay que equilibrar.

Segundo, el número de botellas va de la mano con el nivel de amistad. Y no, no me refiero a lo que pensáis de ir pedo y tener el momento exaltación. No, no es eso. Los españoles somos bebedores sociales, cuando estamos rodeados y bien rodeados, es cuando nos dejamos llevar. No como ingleses o alemanes, que esos van por libre. Pues eso que tan bien rodeado las botellas no caían, que eso es despilfarrar, las botellas de disfrutaban.

Y tercero, pero lo más importante. Las mujeres de verdad, las que valen la pena, las que merecen que les hagamos un monumento y las adoremos para siempre… Esas mujeres comen farinato. Eso es así y no admite duda alguna. Para ti, para el poco iniciado en salmantinismo que desconoce lo que es es el farinato diré que no sé cómo has podido estar tam perdido estos años, pero bueno, el farinato es un embutido a base de grasa de cerdo, anis, pimentón, cebolla y pan. Ligerito eh, pues eso.

Las mujeres de verdad, las que me gustan, adoran el farinato. Las sosas, pijas, barbies y demás se las dejo a otros. 

Y ahí Lucia sentó cátedra y nos dio una lección. Invita a una chica a farinato y la conquistas. Así sin avisar. Se abrió el cielo, vi la luz, me vine arriba… El farinato es la solución a mis problemas (aunque Sergio se empeñe en decir que no quita el ansia de dejar de fumar), a tomar por culo el meetic… desde hoy soy de farinatic!!! 

A veces

A veces juegas con tu vida a cara o cruz y se te olvida lanzar la moneda. A veces quieres asomarte al precipicio y se te olvida que vives en un bajo. A veces quieres decir sí, pero nadie te pregunta. A veces vas con el corazón en un puño, con la sangre derramándose por tu mano, con la palidez mortecina asomando por tus mejillas, y alguien te pregunta qué tal.

A veces tu mundo de dentro se derrumba y solo se te ocurre sonreír, fingir, esconder… Porque es lo correcto, lo que te han enseñado, lo que se supone que tienes que hacer. Pues lo haces. Lo interpretas y optas a un Óscar (que el Goya se lo lleva cualquiera). 

La vida diaria es un carnaval veneciano, aunque llevamos las máscaras tan pegadas que son ya parte de nuestra propia piel. Y duele quitarlas, duele arrancarse esa pose de bien quedísimo y enseñarse de frente. Con arrugas, cicatrices, manchas y marcas.

Y sí, soy así. Tengo taras y cargas. Tengo un pasado a cuestas, un presente en dudas y un futuro incierto. Puedes cambiarme por otro, aunque espero que no lo hagas.