Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: marzo, 2016

El señor del orégano

A veces no tienes la suerte de tener a todos tus amigos cerca. Amigos, esa familia escogida que echas tanto de menos y te hace tanta falta. Siempre he pensado que lo perfecto es que tu familia llegaran a ser tus amigos, porque sin duda tus amigos sí son tu familia. Reconozco que, al menos en un caso, yo tengo suerte en ese sentido. Y no, que no os parezca poco un caso, porque os aseguro que un caso es mucho más de lo que la mayoría puede presumir.

Pero sí, hay amigos que están lejos, con los que no puedes hablar tanto como quisieras, aunque, curiosamente, cuando alguien es tu amigo de verdad, aunque haya pasado mucho tiempo la relación se retomará al más puro estilo Fray Luis sacando a la palestra un “como decíamos ayer”.

Pero hay algunas cosas que tu día a día que te hace recordar a estos amigos. Que es lo que me acaba de pasar. Porque estaba a punto de meter una pizza en el horno. De estas congeladas, de estas que, para los que vivimos solos, se convierten en el equivalente civil de las porciones en sobre de los militares, que no es que sean una maravilla, pero alimenta y es sencillo de hacer. Y le he puesto orégano por encima, como haría mi amigo el señor del orégano. Porque a él le encanta poner orégano, a las ensaladas y a las pizzas. Casi ponía más orégano que tomate, pero es que a él le encantaba.

Es curioso como nuestro cerebro hace asociaciones de ideas. Puede que sólo sea el mío, mis padre son primos qué le voy a hacer. Pero yo estaba poniendo orégano a la pizza y estaba recordando las mil y una anécdotas que tengo con este señor. Y me pasa más veces, en serio. Porque si me tomo un espidifén recuerdo a la niña del molino, y sé que no le hace mucha gracia. No que me acuerde de ella, que creo que a todos nos hace ilusión que alguien se acuerde de nosotros, pero no le gusta que me acuerde de ella porque me duele la cabeza y tengo mal cuerpo. Debo decir en este sentido que las últimas veces que he tenido que tomar un sobre de estos mi memoria ha ido más hacia el jugador, no por demérito de la niña del molino, si no porque esa caja verde de sobres que te pueden dar la vida la trajo a mi casa el jugador. Curioso lo de este hombre en lo que a mujeres se refiere, no tiene las mejores cartas, pero sí les saca el máximo rendimiento.

Si veo algo relacionado con unicornios pienso en la niña del sí velado. El sí de ella siempre va entre líneas, hay que intuirlo, imaginarlo, por eso los síes de ella tienen más valor, porque las cosas que imaginamos siempre son más bonitas de cómo son luego en la realidad. Es un poco lo que nos pasa cuando leemos un libro y luego vemos la peli. Que no es lo mismo, que en nuestra cabeza, era más bonito, más emocionante, “más mejor”.

Y así, con mi cerebro lanzando trailers de personas, que no todas las tengo a tiro de metro, la nariz empieza a avisar de que la pizza está lista. Que aproveche.

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El maldito corrector

Conozco una persona, bueno en realidad conozco muchas personas, pero en este caso me refiero a una en concreto. Por cierto, me niego a considerar a los que cometen actos como los de Bruselas, París, Madrid… Como personas, tampoco como animales, que los animales son seres nobles que van de cara, dejémoslo en despojos. Bien, dejemos este tema, que de eso ya han escrito muchos y seguro que lo han hecho mejor de lo que lo haría yo. Pues eso, que conozco una persona a la que hoy el corrector de su teléfono le ha jugada una mala pasada.

A mí me pasó en su día. Quise preguntar a mi ex (y cuánto me alegro de que sea ex) si quería cenar sopita y al señor corrector le dio por poner so puta. No es lo mismo, vamos que ni se le parece. Pues a esta persona de hoy le ha pasado algo parecido. Ella quiso decirme que estaba estresada, pero lo que a mí me llegó es que estaba estrenada. Y yo, que soy un caballero, o al menos lo intento, me ahorré la broma fácil.

El corrector de hoy es el teléfono escacharrado de antaño. Ese juego que se supone que era divertido, pero al que yo nunca le pillé el punto. Vamos que al final lo único que conseguías era que si tenías a un niño al lado, al hablarte al oído te llenara la oreja de baba. No molaba nada. Me gustaba mucho más cosas del estilo la botella (que me sigue gustando, aunque ahora juego a vaciarla) o beso, verdad o atrevimiento. Aquella edad en la que las hormonas fluían por tu cuerpo en forma de pelo en sitios puntuales, en tu garganta en forma de gallos y en tu cara en forma de granos.

Dicen que las palabras se las lleva el viento. Eso era antes. Ya no, ahora mantenemos conversaciones por whatsapp con más frecuencia de viva voz. Incluso para los vagos se impone el sistema de notas de voz, que digo yo que eso ya estaba inventado de hace muchos años, es más era un regalo muy socorrido por nuestra primera comunión: los walkie-talkies. Eso, y la caja de caudales. El que no haya perdido su llave de la caja de caudales es que no ha tenido infancia, o que no ha tenido primera comunión, aunque eso (lo de no haber tenido primera comunión) será más propio dentro de unos años, o no, que desde que oí eso del bautizo laico ya cualquier cosa puede ser.

En fin, que el corrector es un podereso aliado y un magnífico enemigo. Que puede salir en nuestra defensa en mil pequeñas escaramuzas, pero hacernos caer en la más cruel de las batallas. Señores, por favor, lo que el amor, la amistad, el compañerismo… Ha unido, que no lo separe el corrector.

En el fondo del mar

Cuando somos pequeños tendemos a pensar que lo que vemos en casa es lo único que existe. Normal, porque es que no conocemos más. Por ejemplo, en mi casa los macarrones se hacían con tomate, bechamel, queso por encima y gratinados, vamos como nos los hizo el otro día Sergio (ricos eh). Qué sorpresa me di al descubrir que se podían hacer de otra forma. Todo un universo de probabilidades. El día que junté los macarrones al chorizo, para mí fue algo así como cuando Barbie conoció a Ken. Es más, yo creo que muchas veces lo que nos hacía ilusión de verdad al dormir en casa de un añigo, no era usar otra cama que ya se sabe que como la cama de uno… (igual esto es algo que nos nace ya con cierta edad) lo que nos gustaba es descubrir las rarezas de otras casas. Para mí comer viendo la tele fue toda una novedad.

Y a mí, desde aquellos años en los que era joven e inocente (sobretodo inocente) hay algo que siempre me ha extrañado, que siempre he visto raro: los hombres que llevan anillos. A ver, no digo los hombres que llevan muchos anillos en la mano tipo El Cigala, que creo que eso más o menos nos llama un poco la atención a todos, me refiero a hombres que llevaran anillo, aunque fuera sólo uno. Un hombre con anillo es algo que siempre me ha parecido que no pega, me parece como una mujer con corbata, no es lo suyo (ojo que es mi opinión).

Mira que hay muchos hombres anillados, concretamente los casados. Y más ahora que he pasado una epidemia de bodas a mi alrededor. Es más, de aquellos barros viene estos lodos, es decir, de aquellas bodas van llegando los hijos. Vale referirse a los hijos como lodo igual queda algo feo, pero mejor pensemos en la metáfora como algo que se debe moldear con el tiempo (a eso se le llama tirar de “bienquedismo”).

Para los que tengas mentes perversas les voy diciendo que no, que no me he críado en ningún burdel, en Las Vegas, en ningún bar de copas… Vamos en ningún sitio en el que los hombres se quiten el anillo para tomarse un Kit Kat y poner un paréntesis en su matrimonio. Y me sigue extrañando ver a los hombre con anillo.

Pero oye, ayer lo entendí, mira que no estaba pensando en ello, ni dándole vueltas ni nada. Que muchas veces pasa eso, cuando menos te lo esperas se te enciende la bombilla y entiendes algo que llevabas tiempo en la mochila, quizá algún día entenderé a mi ex, aunque lo veo difícil. Pues eso, que lo entendí, lo que pasa es que mi padre no lleva anillo. El adulto en el que más me he fijado y más he visto nunca ha llevado anillo, por eso se me hace raro ver a los que lo llevan porque mi padre, en su luna de miel, perdió su anillo en el fondo del mar.

El cesto de las revistas

Hace poco me he vuelto a acordar mucho de mi abuelo Fernando, de Abu. Por algo que se puede ver, pero que no todo el mundo entiende, solo una inmensa minoría, mi minoría selecta. Y una de las cosas (muchas y siempre con mucho sentido) que me decía Abu era “la familia te toca, los amigos los elijes, así que más te vale elegir bien a tus amigos”. No se me ha dado mal. Cuando alguien te abre su casa y estás como si fuera la tuya, cuando comes con la familia de alguien y sientes que es la tuya y cuando vas a conocer a un bebé y al despedirte oyes un “dile adiós a tío Fer” es que realmente he elegido muy bien. Abu puedes estar tranquilo. Lo que no está muy claro es si ellos han sido inteligente al elegir a mí, pero oye, ahora que se aguanten, que ya se ha pasado la garantía.

Haced un ejercicio mental. Tranquilos que no duele eh. Pensad en vuestra casa, bueno a ver un inciso, para aquellos que tengáis menos de 25 pensad en la casa de vuestros padres, que los cuatro muebles de Ikea a medio montar entre cuatro paredes llamado piso de estudiantes, no me valen como casa. Pues eso, pensad en vuestra casa, id recorriendo las habitaciones pensando en los muebles de cada una de ellas. ¿Habéis visto una cesta llena de revistas? Seguro que algunos, ilusos, diréis que no. Y sí, está ahí, escondida, insignificante, nimia… Pero está ahí. Lo que pasa es que nadie le hace caso, nadie se da cuenta. Todo lo que entra en esa cesta sufre el mismo proceso que las cápsulas del tiempo esas que se entierran, vamos que puedem pasar 25 años hasta que salgan de ahí.

Las revistas de estas cestas tienen noticias de actualidad como los ganadores del “Un, dos tres”, la boda de Lolita (la primera) o la separación de Mecano. Encuentras objetos de tecnología punta… Punta de sílex, porque vamos yo he encontrado la GameBoy, la blanca, la primera de todas. Sí, estas cestas son así, están ahí.

Seguramente estaréis pensando “vale sí, ha quedado claro que están ¿y?” Pues hoy, de broma (aunque muchas veces las cosas más serias se dicen de broma) mi amigo Carlos comentaba que le daba miedo que dada su reciente paternidad (¡bienvenido Gonzalo!) le daba miedo pasar desapercibido, quedar en segundo plano, vamos no pintar nada… Y yo le he dicho, pues sí, como las cestas de revistas.

Viendo la luz

Ayer fui al cine, lo que en sí no es una gran noticia, hay mucha gente que va al cine, pero bueno. El caso es que ayer fui al cine a ver Deadpool. Creo que ya os he dicho alguna vez que a mí el cine de autor como que no me convence, si voy al cine es para pasar dos horas de no pensar, de no pasarlo mal y de reirme (o al menos de intentarlo).

Pues estaba yo esperando a mi primo en la boca del metro y me di cuenta de que hay varios tipos de personas según la forma en la que salen del metro. En primer me gustaría comentaros que esta clasificación sólo se puede hacer con la gente que va sola, porque cuando vamos con alguien nos centramos más en esa persona y disimulamos mejor nuestro yo interior.

Pues bueno lo primero que me llamó la atención es que hay gente que va con mucha prisa, y gente que va con mucha calma. No hay término medio, todo a los extremos. Y no necesariamente los que tienen prisa son los que llegan tarde, más bien driría yo que son los que más ganas tienen en llegar. Y al revés, lo que van con más calma son los que no tienen ninguna gana de llegar… ¿Nunca habéis hecho eso de andar despacito o esperar dos minutos en la puerta antes de llegar a un sitio donde no queréis ir? Yo por lo menos sí. Que al final entras, que es verdad que cuanto antes mejor, pero miras el reloj y dices dos minutos más y entro. Es parecido a los cinco minutos más cuando suena el despertador.

Pero la gente que sale del Metro también se pueden dividir en los que saben el camino, y los que no. Los que saben el camino simplemente salen y siguen andando. Sin más, no tienen ningún rasgo especial. Pero los que no saben el camino… Esos son otro cantar. Esos salen mirando al cielo, como si hubieran tenido una revelación, que les falta ponerse de rodillas con los brazos en cruz gritando ¡Señor revélame el camino! Y no, no es que busquen a Dios (aunque en algunas zonas de Madrid ni con ayuda divina te aclaras) es simplemente que están buscando los nombres de las calles.

En fin, las tonterías en las que me fijo cuando tengo tiempo libre.

Hola

Hola, hola. Vaya, ahora mismo me siento como Pepe Domingo Castaño saludando a los oyentes (el que no lo haya pillado, tranquilo, es sólo cosas de fútbol). Pues sí, he vuelto y, del mismo modo que di mis explicaciones al irme, creo que las tengo que dar para volver. No es que haga falta, es que me apetece. Y mira, ésa es una de las razones por las que he decidido volver a asomarme por aquí, que me apetece.

Mi vida de teleñeco sigue su curso, pero con una pequeña gran novedad, se acabaron las paredes pistacho. Nunca mais, se acabó, fueraaaaaa. Después de seis años trabajando en un sitio con más cualidades de guardería que de empresa hemos puesto punto y final. Si tú no me quieres, y yo no te quiero ¿qué hacemos juntos? (Esta reflexión se la propongo a un par de parejas que conozco, no doy nombres para que no peligre mi integridad física).

Os voy a dar una pincelada de mis “greatest hits” de esta temporada que no me he pasado por aquí. Empecemos por la ducha. Veréis yo tengo la manía de ducharme a diario (si a ti realmente también te parece una manía debes ser uno de esos que nos hacen tan agradables al olfato los viajes en metro), pero el otro día me di cuenta que en mi ducha no quedaba gel. Bueno, pues nada, me fui al otro baño y cogí el bote. El caso es que según me estaba enjabonando pensaba, vaya mierda gel, no hace espuma. Normal, como que era crema hidratante. Oye no he tenido la piel tan suave en años. Que eso es algo que nos pasa a veces, que nos confundimos y tratamos de que algo, o alguien, sea lo que no puede. Hala ya me ha salido mi puntito moralista.

Por otro lado he entrado en el círculo del regaño. Y no, no os confundáis, que regañar, o ser regañado no es malo, lo malo es ignorar los regaños de la gente que lo hace por tu bien (mi momento Disney de hoy). Regañar a un regañador, o regañadora (no es que yo sea de esos que piense que igualdad es siempre citar a los dos sexos, es que son dos personas diferentes) tiene sus peligros, porque ellos tienen mucha más práctica, pero oye yo me diefiendo como puedo.

En fin, que la vida sigue, las vivencias también, y aquí vuelvo a estar, para el que le pueda interesar.