El señor del orégano

por Fer Población

A veces no tienes la suerte de tener a todos tus amigos cerca. Amigos, esa familia escogida que echas tanto de menos y te hace tanta falta. Siempre he pensado que lo perfecto es que tu familia llegaran a ser tus amigos, porque sin duda tus amigos sí son tu familia. Reconozco que, al menos en un caso, yo tengo suerte en ese sentido. Y no, que no os parezca poco un caso, porque os aseguro que un caso es mucho más de lo que la mayoría puede presumir.

Pero sí, hay amigos que están lejos, con los que no puedes hablar tanto como quisieras, aunque, curiosamente, cuando alguien es tu amigo de verdad, aunque haya pasado mucho tiempo la relación se retomará al más puro estilo Fray Luis sacando a la palestra un “como decíamos ayer”.

Pero hay algunas cosas que tu día a día que te hace recordar a estos amigos. Que es lo que me acaba de pasar. Porque estaba a punto de meter una pizza en el horno. De estas congeladas, de estas que, para los que vivimos solos, se convierten en el equivalente civil de las porciones en sobre de los militares, que no es que sean una maravilla, pero alimenta y es sencillo de hacer. Y le he puesto orégano por encima, como haría mi amigo el señor del orégano. Porque a él le encanta poner orégano, a las ensaladas y a las pizzas. Casi ponía más orégano que tomate, pero es que a él le encantaba.

Es curioso como nuestro cerebro hace asociaciones de ideas. Puede que sólo sea el mío, mis padre son primos qué le voy a hacer. Pero yo estaba poniendo orégano a la pizza y estaba recordando las mil y una anécdotas que tengo con este señor. Y me pasa más veces, en serio. Porque si me tomo un espidifén recuerdo a la niña del molino, y sé que no le hace mucha gracia. No que me acuerde de ella, que creo que a todos nos hace ilusión que alguien se acuerde de nosotros, pero no le gusta que me acuerde de ella porque me duele la cabeza y tengo mal cuerpo. Debo decir en este sentido que las últimas veces que he tenido que tomar un sobre de estos mi memoria ha ido más hacia el jugador, no por demérito de la niña del molino, si no porque esa caja verde de sobres que te pueden dar la vida la trajo a mi casa el jugador. Curioso lo de este hombre en lo que a mujeres se refiere, no tiene las mejores cartas, pero sí les saca el máximo rendimiento.

Si veo algo relacionado con unicornios pienso en la niña del sí velado. El sí de ella siempre va entre líneas, hay que intuirlo, imaginarlo, por eso los síes de ella tienen más valor, porque las cosas que imaginamos siempre son más bonitas de cómo son luego en la realidad. Es un poco lo que nos pasa cuando leemos un libro y luego vemos la peli. Que no es lo mismo, que en nuestra cabeza, era más bonito, más emocionante, “más mejor”.

Y así, con mi cerebro lanzando trailers de personas, que no todas las tengo a tiro de metro, la nariz empieza a avisar de que la pizza está lista. Que aproveche.

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