Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: mayo, 2016

La comida nos invade

Me acuerdo de pequeño, hace años, quizá muchos (Ana, para que me llames tú viejo ya me lo digo yo), que mi padre se cambió de coche y se compró un Audi 100. Recuerdo que al poco tiempo mi tío se compró un Audi 80 y mi padre se metía con mi primo pequeño (tendría unos seis años) y le decía “Audi 100 todo va bien, Audi 80 está que revienta”. Mi primo se ponía de muy mal humor, y claro, eso nos daba mucho juego. Pero no iba por ahí la cosa, que ya sabéis que tiendo a irme por las ramas más que Tarzán, por cierto a ver si el Tarzán de las ramas del otro sexo (Ramos) nos da otra alegría el sábado, aunque sea en el minuto 93, que hasta el rabo todo es toro. Qué bueno está el rabo de toro, mira de esto sí que quería hablar, pero dejadme un momento que os siga poniendo en antecedentes.

Pues eso, que mi padre se compró un Audi 100. Yo la verdad es que nunca he sido muy aficionado a los coches. Ni lo era antes, ni lo soy ahora, que a mis 36 años sigo sin tener carnet de conducir. El caso es que la marca no me sonaba de nada. Oye, fue comprarse mi padre un Audi y el coche se puso de moda y todo el mundo se compraba uno. Todos unos copiones. Desde que mi padre lo trajo a casa se disparó la fiebre del Audi y los vendían como churros. No podías dar dos pasos si ver uno. Todos unos envidioso de nuestra “bala azul”. O eso pensaba yo.

Y es que a veces nos pasa que cuando te fijas en algo ya no puedes evitar verlo en todos lados. Pero hay algo que es peor, mucho peor, muchísimo peor, infinitas veces peor, infinito por infinito peor (después de esta frase solía venir algo tan maduro como “rebota, rebota y en tu culo explota), lo que es de verdad imposible es no ver algo que no quieres ver.

No hay manera. Seguro que alguna vez habéis hecho la típica de grabar un partido que no puedes ver en directo. Pides a todos que no te digan el resultado, apagas la radio, tuerces el gesto si pasas delante de un bar para no ver la tele y que te lo digan, te evuelves en una manta con sólo una pajita para respirar (bueno, aquí igual me he pasado). Pero te enteras, de alguna u otra manera te enteras. No hay manera.

Recuerdo que con 16 años mis padres me mandaron un mes con una familia en EEUU (primero llama, luego asusta), la verdad es que la familia era genial, sobretodo la madre que era una loca entrañable. Esta señora como se enteró que me gustaba mucho el fútbol un día al volver a casa me encontré una nota que decía así (lo pongo en español para no haceros pensar, aunque sé que algunos, como Carlos y Mario, lo que les cuesta es precisamente el español), “Hola Fred (decidieron llamarme así en plan cariñoso porque eso de Fer a ellos les salía fatal) ¿Cómo te ha ido el día? (ella educada y correcta) ¿Te ha hecho caso ese niña? (no, nunca me lo hizo, pero ésa es otra historia) Como sé que te gusta mucho el fútbol (para ellos soccer, que por cierto, si alguien lo sabe me gustaría averigüar de dónde viene esta palabra) te he grabado la final del mundial (ese año se celebraba precisamente ahí). Han quedado 4-3 para Brasil”.

¡Joder! Con lo bien que iba, con las ganas que tenía de verlo, con lo feliz que yo estaba y al final, justo al final, me lo destripó todo. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que empecé a ver el partido. Tan feliz, tan contento, pensando en los goles. Y pasaba el tiempo, y no marcaban, y pasaba el tiempo, y no marcaban. Total que llegamos a la prórroga. Y yo pensando verás la que se va a liar ahora. Y nada. Pero nada de nada. Hasta que al final lo entendí, habían quedado 4-3 sí, pero en los penaltis, señora no es lo mismo.

Pero vamos que no es de esto de lo que yo quería hablar hoy (ya sé que lo disimulo muy bien), lo que yo quería decir es que hay veces que no puedes evitar ver lo que no quieres ver. Porque yo, por motivos ajenísimos a mi voluntad, he tenido que pasar un par de días sin comer. Pero sin comer de verdad, no dieta blanda, a base de nestea, aquarius y agua. Vale que yo no como demasiado, que ya me dice Kike que como como un pajarito, y ya si me comparan con Diego pierdo por goleada, pero oye pasadas las primeras doce horas a uno le va entrando hambre. ¿Y qué es lo que no quieres ver? comida ¿Y cómo lo consigues? Sencillo, no lo consigues. Porque es imposible. Porque si vas por la calle tienes restaurantes, bares, cafeterías… Con sus cartas, sus menús del día, las fotos de sus platos… Si pones la radio por la mañana se anuncian también restaurantes (para los oyentes de COPE ¿soy el único que le cogió manía al restaurante Atrapallada por lo pesados que eran?). Y ya, si te da por poner la tele estás perdido. Pesadilla en la cocina, Masterchef, Torres en la cocina, Arguiñado, Cocina con Bruno… Además si pones una serie están comiendo, en una película igual y los auncios no paran de recordarte que a la parrilla sabe mejor, que el secreto está en la masa o las grandes ofertas del día. A la mierda, iros un poco a la mierda.

Decides huir de todo eso, vas mirando las horas pasar. Vas pensando que ya queda menos, que dos horas ya no son nada, pero claro, hasta el rabo todo es toro… Rabo de toro… mmm qué rico. ¿Lo veis? La comida nos invade.

 

 

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Charcos

Dicen que a los niños les encantan los charcos. Que sufren una especie de atracción irremediable, que no pueden resistirse a caer, revolverse y disfrutar en ellos. Es parecido al momento en el que sueltas tu caballo limpito en un prado. Se va a revocar, lo sabes, rezas para que no lo haga, pero lo va a hacer.

La verdad es que yo no recuerdo si de pequeño me gustaba meterme en los charcos, en serio, no lo recuerdo, sé que Aina lo disfrutaba, que lo sigue haciendo. En cierto modo creo que de pequeño era muy adulto, y ahora que me hago mayor soy cada vez más niño. Un extraño caso de Fer Button que no tiene sentido, ni ganas de tenerlo. Quizá extraño sea un eufemismo, quizá sea más apropiado decir raro. Más raro que un perro verde, como me dijo hace más de veinte años una niña que se llamaba Sandra. ¿Qué habrá sido de ella? ¿No os pasa que a veces de repente te viene a la memoria alguien de hace años y te apetece saber cómo está? Y es verdad que ahora con Facebook es más sencillo, pero es que no recuerdo sus apellidos. Si por aquellas casualidades de la vida llegas a leer esto Sandra te mando un abrazo. Cosas más raras han pasado.

Los charcos en las ciudades es el pequeño acto de rebeldía que tiene la naturaleza en nuestro forma cuadriculada de pensar. Unas cuántas gotas de más y la ciudad se colapsa. Unas cuántas copas de más y nuestra mente se colapsa. Parecido. Quizá por eso cuando al día siguiente nos cuesta recordar decimos que tenemos lagunas, que no son otra cosa que charcos grandes.

Y deberíamos meternos más en charcos, en los charcos de la vida, en los que apuestas, te manchas, te implicas. Sin botas de aguas, sin muda de recambio, a pelo, puede que sea de las pocas cosas que debamos hacer a pelo. Ser más de verdad y menos un espejo en el que se refleja el de enfrente. Que no quiero ser como tú, que no quiero que tú sas como yo. Que yo soy Fer Button y veo Kung Fu Panda 3 en el tren camino a Madrid mientras el señor de al lado mío no da crédito, escucho el dúo dinámico mientras curo mi resaca en el chalet de Villanueva de la Cañada, quiero poner a Mazinger Z al lado de la tele de “mi casa”… Soy así.

Dicen que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar. Menos ríos y más charcos.

La prensa de colores

Me gusta el fútbol (vaya, ahora se me ha venido a la cabeza la cancioncita). No es que me obsesione, no me va la vida en ello, pero sí que me gusta. Claro, ahora que tenemos la Liga tan justita, que está todo a un punto, tiene más emoción la cosa, a ver si hay suerte, pinchan los culés y los indios y nos llevamos la Liga a pasear por la Cibeles. Y claro, como la cosa tiene su aquél pues hay que ver los partidos para ver qué hacen los propios y los ajenos. Por eso el sábado pasado Kike y yo nos marcamos una sesión de más de seis horas viendo partidos.

El domingo, como casi todos, no casi todos los domingos, si no casi todas las personas, llamé a mi madre para felicitarla. Por cierto, esto del día de la madre es un día trampa. Porque muchas madres te dirán, “si eso es una tontería, si eso se lo ha inventado El Corte Inglés”, vale, estupendo, pero como se te olvide llamar te la has ganado. Algo similar debe pasarles a los que tienen pareja el día de San Valentín. Bueno, pues eso, que llamé a mi madre, le conté nuestro plan del sábado delante de la tele y me comentó, “como dice tu hermana, la televisión verde”.

La televisión verde. Primero, yo siempre había pensado que eso de la televisión verde iba más por las pelis que ponían los de Canal + los viernes de madrugada, esas películas que tenían más espectadores que abonados al canal de pago, esas leyendas urbanas que decían que si achinabas los ojos podías ver algo. Pues no, resulta que la televisión verde es la que pone los partidos de fútbol con sus verdes campos. Y oye, debo reconocer que tiene sentido, que si hay algo que destaca en la retransmisiónde un partido es el verde. Al final va a resultar que mi hermana Maca, la misma que gritaba “trampa, trampa” (en lugar de falta) en el Bernabéu, va a ser toda una experta en fútbol. Además de la televisión verde, tenemos que agradecer su profundo análisis del cambio de Benítez por Zidane aduciendo su satisfacción con el cambio de técnico por razones puramente técnicas y de estilo (“es más guapo”).

En segundo lugar, y de ahí el título de este post, parece que al final la prensa es de colores. Dejando de lado el grupo PRISA y Mediaset, que son claramente rojos, ya podemos hablar de prensa de, al menos, tres colores. Tenemos la prensa amarilla, la prensa sensacionalista, la que ve la viga en el ojo ajeno, la que se ahoga en un vaso de agua y hace una montaña de un grano de arena. Tenemos la prensa rosa, que muchas veces amarillea, que vive de dimes y diretes y es la versión escrita de la vieja del visillo. Y ahora unimos la televisión verde. Larga vida a la televisión verde.