La comida nos invade

por Fer Población

Me acuerdo de pequeño, hace años, quizá muchos (Ana, para que me llames tú viejo ya me lo digo yo), que mi padre se cambió de coche y se compró un Audi 100. Recuerdo que al poco tiempo mi tío se compró un Audi 80 y mi padre se metía con mi primo pequeño (tendría unos seis años) y le decía “Audi 100 todo va bien, Audi 80 está que revienta”. Mi primo se ponía de muy mal humor, y claro, eso nos daba mucho juego. Pero no iba por ahí la cosa, que ya sabéis que tiendo a irme por las ramas más que Tarzán, por cierto a ver si el Tarzán de las ramas del otro sexo (Ramos) nos da otra alegría el sábado, aunque sea en el minuto 93, que hasta el rabo todo es toro. Qué bueno está el rabo de toro, mira de esto sí que quería hablar, pero dejadme un momento que os siga poniendo en antecedentes.

Pues eso, que mi padre se compró un Audi 100. Yo la verdad es que nunca he sido muy aficionado a los coches. Ni lo era antes, ni lo soy ahora, que a mis 36 años sigo sin tener carnet de conducir. El caso es que la marca no me sonaba de nada. Oye, fue comprarse mi padre un Audi y el coche se puso de moda y todo el mundo se compraba uno. Todos unos copiones. Desde que mi padre lo trajo a casa se disparó la fiebre del Audi y los vendían como churros. No podías dar dos pasos si ver uno. Todos unos envidioso de nuestra “bala azul”. O eso pensaba yo.

Y es que a veces nos pasa que cuando te fijas en algo ya no puedes evitar verlo en todos lados. Pero hay algo que es peor, mucho peor, muchísimo peor, infinitas veces peor, infinito por infinito peor (después de esta frase solía venir algo tan maduro como “rebota, rebota y en tu culo explota), lo que es de verdad imposible es no ver algo que no quieres ver.

No hay manera. Seguro que alguna vez habéis hecho la típica de grabar un partido que no puedes ver en directo. Pides a todos que no te digan el resultado, apagas la radio, tuerces el gesto si pasas delante de un bar para no ver la tele y que te lo digan, te evuelves en una manta con sólo una pajita para respirar (bueno, aquí igual me he pasado). Pero te enteras, de alguna u otra manera te enteras. No hay manera.

Recuerdo que con 16 años mis padres me mandaron un mes con una familia en EEUU (primero llama, luego asusta), la verdad es que la familia era genial, sobretodo la madre que era una loca entrañable. Esta señora como se enteró que me gustaba mucho el fútbol un día al volver a casa me encontré una nota que decía así (lo pongo en español para no haceros pensar, aunque sé que algunos, como Carlos y Mario, lo que les cuesta es precisamente el español), “Hola Fred (decidieron llamarme así en plan cariñoso porque eso de Fer a ellos les salía fatal) ¿Cómo te ha ido el día? (ella educada y correcta) ¿Te ha hecho caso ese niña? (no, nunca me lo hizo, pero ésa es otra historia) Como sé que te gusta mucho el fútbol (para ellos soccer, que por cierto, si alguien lo sabe me gustaría averigüar de dónde viene esta palabra) te he grabado la final del mundial (ese año se celebraba precisamente ahí). Han quedado 4-3 para Brasil”.

¡Joder! Con lo bien que iba, con las ganas que tenía de verlo, con lo feliz que yo estaba y al final, justo al final, me lo destripó todo. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que empecé a ver el partido. Tan feliz, tan contento, pensando en los goles. Y pasaba el tiempo, y no marcaban, y pasaba el tiempo, y no marcaban. Total que llegamos a la prórroga. Y yo pensando verás la que se va a liar ahora. Y nada. Pero nada de nada. Hasta que al final lo entendí, habían quedado 4-3 sí, pero en los penaltis, señora no es lo mismo.

Pero vamos que no es de esto de lo que yo quería hablar hoy (ya sé que lo disimulo muy bien), lo que yo quería decir es que hay veces que no puedes evitar ver lo que no quieres ver. Porque yo, por motivos ajenísimos a mi voluntad, he tenido que pasar un par de días sin comer. Pero sin comer de verdad, no dieta blanda, a base de nestea, aquarius y agua. Vale que yo no como demasiado, que ya me dice Kike que como como un pajarito, y ya si me comparan con Diego pierdo por goleada, pero oye pasadas las primeras doce horas a uno le va entrando hambre. ¿Y qué es lo que no quieres ver? comida ¿Y cómo lo consigues? Sencillo, no lo consigues. Porque es imposible. Porque si vas por la calle tienes restaurantes, bares, cafeterías… Con sus cartas, sus menús del día, las fotos de sus platos… Si pones la radio por la mañana se anuncian también restaurantes (para los oyentes de COPE ¿soy el único que le cogió manía al restaurante Atrapallada por lo pesados que eran?). Y ya, si te da por poner la tele estás perdido. Pesadilla en la cocina, Masterchef, Torres en la cocina, Arguiñado, Cocina con Bruno… Además si pones una serie están comiendo, en una película igual y los auncios no paran de recordarte que a la parrilla sabe mejor, que el secreto está en la masa o las grandes ofertas del día. A la mierda, iros un poco a la mierda.

Decides huir de todo eso, vas mirando las horas pasar. Vas pensando que ya queda menos, que dos horas ya no son nada, pero claro, hasta el rabo todo es toro… Rabo de toro… mmm qué rico. ¿Lo veis? La comida nos invade.

 

 

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