Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: noviembre, 2016

Sólo un día

El día era uno más. Uno de tantos. Unos segundos sumados que van formando el tiempo, que van dejando que todo pase sin que pase nada. Un día como tantos y tantos días como ninguno. Sólo un día, o todo un día, según se mire. Y no voy a decir que era mi día porque siempre he pensado que eso es egoísta, porque tu día no puede ser perfecto si nadie participa. Porque odio a los tontos que quieren ser protagonistas forzados en fechas señaladas. El protagonismo se gana, se trabaja, se consigue a base de personalidad y carácter, no de pataletas y exigencias injustificadas.

Era un día. Gris, sin alardes, sin fiestas ni adornos en las calles. Un día que no estaba marcado en el calendario ni aspiraba a ello. Era un día al que se le podían robar horas y no iba a darse cuenta de ello ni le iba a parecer mal.Hay días en los que el mundo no cambia, en los que lo mejor que puede pasar es que no pase nada, en los que sólo quieres que las horas se escondan y los minutos se deslicen entre tus dedos.

A veces nos angustiamos esperando lo extraordinario y nos perdemos lo ordinario, lo cotidiano, lo que es más real. Porque la vida no se crea a base de fuegos artificiales, la vida se crea en todos esos momentos en los que esperamos esa pirueta del destino que nos deje con la boca abierta. Y no pasa tanto, no nos llega tanto, no tenemos esa cuestionable suerte frecuentemente. Sólo dejamos que pase la vida, que pasen los día, que pase este día.

Hablan del día menos pensado, y pienso que simplemente es el día en el que pensamos menos, en el que no esperamos nada, en el que nos dejamos llevar hasta el segundo siguiente ensimismados en nuestra mismidad sin pretender nada más que una vuelta de tuerca y un ya se verá.

Era un día o es un día, quién sabe. Hoy es ayer con respecto a mañana y a quién le importa lo que yo digo. Un día del que no espero ni aspiro a nada. ¿Quieres cambiar mi día?

Cosillas sueltas

Hay una serie de cosas que me han pasado últimamente que pensaba que no daban para escribir un post por separado. Y es verdad, por separado no, pero juntas pues igual sí que pueden servir. Y claro que hay veces en las que tienes la necesidad de contar según qué cosas, o al menos yo la tengo. A veces pienso que lo que me pasa es que vivo solo, y claro no suelo tener a nadie delante para contarle las cosas que me pasan, o las que pienso.

Bueno aquí os dejo las cosillas de las que os hablo.

El otro día, el domingo, iba camino al Bernabéu e iban delante un padre y su hija. La niña tendría unos 4 años y llevaba una bufanda del Madrid.

Padre: ¿cómo va a quedar el partido?

Niña: Papá no tengo ni idea…

Padre: ¿pero no quieres que gane el Madrid?

Niña: Esa es otra pregunta papá.

Otra cosa.

Las mujeres pseudoembarazadas son peligrosas. Me refiero a mujeres que parece que están embarazadas, pero no. Porque hay muchas opciones que los que estamos bien educados metamos la pata. Y a lo grande. De verdad.

Tercera cosa.

Alguna vez os he contado que eso de las profesiones pretenciosas me llama la atención. Eso de ayudante de dirección en vez de secretaria, de técnico en residuos en vez de barrendero… Hoy he descubierto un nuevo caso, parece que la cosa va a más. Experta en limpieza del hogar en lugar de ama de casa (podía haber sido amo, que nadie me llame sexista, pero yo lo vi en femenino).

Cuarta cosa.

Nunca estamos contentos con el tiempo. Haga lo que haga nos quejamos. Yo el primero. El día que podamos decidir el tiempo que va a hacer… Discutiríamos porque no nos pondríamos de acuerdo. Esto nunca va a tener solución.

 

 

Patinaje sobre hoja

Creo que todos hemos oído muchas veces eso de que Dios hizo el mundo en seis días… Y se nota, pero es que es verdad. Le ha quedado a medias, por rematar, como ese álbum de fotos que empezabas con muchas ganas de pequeño, te currabas las primeras páginas, pegabas las fotos, escribías cosas graciosas y acababas harto. Tan harto que las últimas páginas eran un follón de fotos sin orden ni conexión puestas ahí para rellenar espacio. Bueno al menos esto nos pasaba a los chicos. Ellas siempre han sido más constantes.

Pues eso que el mundo no está bien rematado, que le pasa como a los contratos de los futbolistas, que le quedan flecos. Una de las muchas, pero muchas pruebas, de lo que digo es la mala combinación entre lluvia y hojas secas. Mala por no decir pésima, paupérrima o (como mejor se entiende) mala de cojones.

Que no es normal, que nos jugamos la vida, que cada vez que llueve tienes que ir andando a la velocidad del pingüino en tierra y con los andares ridículos de… Bueno del pingüino en tierra también. Porque las hojas secas en el suelo son el mal, ya hablé en su día del maligno sopla-hojas de mi amiga Blanca, pero en este caso son aún peor. Ellas están ahí esperando, sonriendo poniendo cara de inocente, llamándote para que acudas a ellas. Tienen la atracción del fuego, sabemos que quema, pero nos sentimos atraídos hacia él. Como con las mujeres (u hombres) malos, que sabemos que son mala opción, pero allá vamos sin paracaídas.

Y pisas sobre la hoja, sobre mojada y lo siguiente que tiene contacto con el suelo no es tu pie, es tu culo. Los dos sabemos que darás un salto para ponerte de pie y mirarás hacia los lados, con la esperanza de que nadie te haya visto. Primero mirarás hacia los lados y luego te mirarás a ti mismo a ver si te has hecho daño, porque las personas somos así, nos importa más lo que piensen lo demás de nosotros, que lo que realmente nos pase.

Vale, Dios no ha estado muy fino con esto, pero es que nosotros lo hemos rematado. Somos así. Tenemos el cerebro para hacer sudokus (menos yo, que nunca he hecho uno). Venga, vamos a pensar cómo ponerlo más difícil, cómo hacer de la calle una pista de obstáculos. Para mí que estaban reunidos los que hacen las calles el día de los Santos Inocentes y pensaron ¿qué ponemos para que los peatones crucen? Pues pon pasos de cebra que resbalen y verás qué divertido. Y así han quedado.

Llueve, hay hojas asesinas y los pasos de cebra me dan miedo… Creo que lo mejor es que hoy me quede en casa.

Detector de últimas veces

Hace poco alguien ha comentado en Facebook que estaría bien que existiera un detector de últimas veces. Que hubiera una bombillita que se enciendiera cuando fueras a hacer algo, o ver a alguien, por última vez. Porque yo estoy seguro que cambiaría mucho nuestra forma de actuar, porque creo que todos tenemos una espinita clavada por esa última vez poco apropiada, porque las últimas veces son las pruebas de fuego a las que nos enfrentamos sin saberlo.

Y todos, pero todos, hemos visto alguna película o serie en la que uno de los protagonistas comentan eso de “lo último que le dije antes de morirse fue…”, o “me habría gustado decirle…”. Y todos, pero todos, le hemos dado una vuelta en silencio, y hemos pensado en las palabras pendientes.

Las palabras pendientes son las que más duelen. Las que no hemos dicho, las que se enquistan en el alma y la cabeza, las que nos marean a base de darles vueltas, pese a saber que ya no van a salir. Porque cada situación, cada experiencia, representa en sí una última vez de decir aquello que nos sale del corazón y no la caricatura que al final expulsamos por la boca.

Hay últimas veces profundas, sobretodo cuando tienen que ver con los seres queridos, pero también las hay más pequeñas, pero no por ello menos importantes. Soy fan de lo pequeño.

Seguro que han cerrado un bar donde solías ir a encontrarte con tus amigos (el Medievo, el Ojú), puede que ya no exista esa heladería donde ibas de pequeño, quizá ya no se fabrique una colonia que te gustaba… Y lo malo de estos recuerdos que no se apoyan tanto en la vista, es que se te clavan mucho más, los tienes mucho más presentes.

La bombilla de la última vez sería un gran invento, una gran idea. Pero tendría que ser de verdad, que no hubiera prórrogas ni pasos atrás. Que no fuera como esos viejos cantantes que se retiran una vez al año tratando de estirar su carrera. Que fuera definitivo para que pudiera ser definitorio. Y así, y sólo de esa manera, podríamos decidir qué hacer, cómo actuar, cómo afrontar esta última vez. Y meteríamos la pata, porque la metemos, porque somos así, pero no tendríamos la excusa de no saber que era la última vez.