Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: enero, 2017

A-normal

Seguro que a ti también te han insultado, seguro. Porque a todos nos ha pasado alguna vez. No digo que sea bueno ni malo, solo digo que es verdad. Y puede que te lo merecieras, o puede que no, de eso la verdad es que no tengo ni idea, pero no es que me importe mucho para lo que te quiero contar.

La verdad es que insultos hay muchos, de todos los sabores y colores. Los españoles (y supongo que los de otros países también, pero yo conozco más a los españoles por motivos evidentes) cuando estamos enfadados tenemos un máster en crueldad a la hora de “definir” al que se ha cruzado en nuestro camino. Somos tan buenos en eso, va tan dentro de nuestro ADN, que muchas veces te das cuenta de que alguienes amigo tuyo cuando tiene permiso para insultarte. Puede que seamos algo masocas, o algo sádicos, o las dos. Vaya usted a saber, pero de eso que se preocupen los psicólogos que yo, como alguien me dijo algún día, solo soy un “junta letras”.

Lo dicho que te han insultado, y tú has insultado. Y entre los miles de insultos que hay, y los miles que te podrías haber inventado (ya digo que tenemos ese don), puede que alguna vez se te haya pasado por la cabeza, o por la lengua, el llamar a alguien anormal. Anormal, vamos que no es normal. Y es un insulto. ¿Es un insulto? No lo sé, lo dudo, vamos que no lo creo.

Porque si lo pienso con calma creo que el primero que soy un gran anormal soy yo. Porque tengo 37 años y no tengo carnet de conducir. Ni lo tuve, ni lo tengo y creo que no lo voy a tener.

Porque soy hetero, de derechas, de vestir clásico, me gusta el fútbol y los toros, soy más de tasca que de Bistró y además llevo un tatuaje.

Porque lo más parecido a una relación estable que tengo es un dinosauiro de peluche que se llama Eurastio. Y sí, hablo con él, y sí, duermo con él, y sí, vienen conmigo de viaje.

Porque hay días que los paso en pijama, pero luego me lo quito para dormir.

Porque siempre me pongo primero el zapato izquierdo.

Porque soy un hombre, pero lloro, y mucho. Lloro con las películas, lloro con los anuncios de la tele, lloro si me acuerdo de algo o alguien, lloro por que sí. Y lloro, pero lo escondo.

Porque soy tremendamente familiar, pero mi familia en muchos casos no comparte lazos de sangre conmigo.

Porque puedo pasarme dos días con antojo de comerme un whopper, llegar a Burge King y pedirme un Long Chiken.

Porque soy la persona tímida que más putadas se hace a sí mismo.

Porque soy único dando consejo y malísimo siendo coherente con lo que digo.

Porque si estoy en Salamanca digo que soy de Madrid y si estoy en Madrid digo que estoy en Salamanca.

Soy anormal por estas y otras muchas razones. Pero quizá eso es lo que define quién soy, cómo soy… Soy un anormal orgulloso. Decidido, ser anormal no es un insulto. ¿Algún anormal quiere ser mi amigo?

Una canita al aire

Vale, quietos que os conozco. Que ya estáis pensando mal y no. No voy a hablar de la “caidita de Roma”, del “teto”, de “tariro tariro”, de tener “jaleo” o similares. Me refiero a que tengo otra cana metafórica más (metafórica porque cuando me dejo la barba crecer me pregunto si seguirá existiendo el Just for Men…), otro signo que indica que va llegando mi vejez. No es la primera vez que hablo de este tema, pero para que os hagáis una idea os recuerdo los grandes momentos en los que te vas dando cuenta de que ya no eres un teenager, vamos un adolescente. Por cierto, lamento desilusionaros, pero por mucho que tratéis de autoengañaros los 30 no son los nuevos 20. En fin repasemos los puntos clave. Los síntomas que marcan la vejez, o al menos algunos de ellos.

  • Has visto jugar a los que ahora son entrenadores.
  • Ya no te molesta que te traten de usted.
  • Comer y un par de copas por la tarde es un plan maravilloso.
  • Te diviertes recordando “las que has liado”.
  • Si te encuentras a alguien y dices eso de “¡Coño cuánto tiempo!” ya no te refieres a meses, hablas de años.

Hay muchos más, lo sé, pero esto es una muestra. Pues bien, yo he sufrido una más. En mi proceso de transformación a mi viejo interior, todos llevamos uno dentro, he subido un escalón más. Gafas. Vale que son solo para ver de lejos, vale que el oculista me ha pedido que me las ponga solo para ir al fútbol, al teatro, al cine… Pero son gafas al fin y al cabo. Se acabó eso de “yo tengo la vista perfecta”, mi ancianidad me va dejando estragos.

Y claro, cuando uno es un poco cabroncete (y orgulloso de ello), tiende que juntarse que gente que también lo son. Y como suele decirse, mejor una vez rojo que cien colorado. Así que yo me armé de valor (valor como concepto, no la marca de chocolate) y subí una foto con mi nuevo aspecto al querido y odiado a partes iguales CaraLibro… La que me cayó, la que me está cayendo y la que me va a caer. Cabrones, os quiero, pero sois unos cabrones.

En fin, que los años pasa, y pesan y que, os guste o no, os quedan muchos a mi vera. Asumidlo.

Residuos sociales

Lo siento, pero si no lo digo reviento. Y me molesta el hecho de volver a asomarme a éste que era mi rincón de paz para soltar el cabreo que llevo ahora mismo.No puedo, no lo entiendo, se me escapa. Algo que se supone que está ahí para acercarnos, para unirnos, para ponernos a todos al mismo nivel, resulta que saca lo peor de nosotros y consigue que mostremos nuestra cara B.

Hablo de las redes sociales, más concretamente de Twitter, que sin lugar a dudas es la más cabrona de todas. Es un redil de cobardes, de tristes, de pajilleros, de personajes tristes, de buitres que se lanzan a por carroña. Hay de todo, claro, pero destaca lo malo. Porque eso de insultar sin dar la cara les pone, eso de tirar la piedra y esconder la mano se lo toman como una victoria particular, como una muesca en su ridículo revolver porque, aunque no lo quieran reconocer, lo tienen pequeño.

Y es que estamos perdiendo los valores, el respeto, lo que nos dignifica como personas. Bueno, un momento qué narices, lo están perdiendo ellos. Porque lo que hoy me ha hecho tener que sentarme a soltaros esto han sido los tweets que he leído por la muerte de Bimba Bosé. Repito por si no ha quedado claro, la muerte. No hablo de que se haya roto un pie, que le hayan puesto los cuernos, que haya perdido un vuelo. No, se ha muerto. Pues ni eso respetan algunos. No sé quién me dijo un día (y me encantaría acordarme), que todo tiene solución, menos la muerte. Bieno, pues yo creo que todo es criticable, menos la muerte.

He estado tentado de poneros algunos de los tweets que he leído, pero paso. Me niego a copiar esas palabras, yo no voy a pasar por ese aro. Sin embargo lo que más me ha dolido ha sido el comentario desafortunado del periodista Antonio Burgos. Y no, no voy a meterlo en el mismo saco que a los perros anónimos de Twitter que se hartan de ladrar porque saben que no pueden morder. No, no tiene nada que ver una metedura de pata con una carencia de personalidad, entendiendo personalidad como los rasgos que nos definen a las personas. Pero precisamente él, periodista con horas de vuelo, debería haber sido consciente de lo poco oportuno de su comentario. Y seguramente en cualquier otro momento que lo hubiera lanzado habría tenido aplausos, seguidores y loas. Puede que hasta las mías, pero no en el momento de la muerte de una persona y respondiendo al mensaje de despedida de su tío. Así no.