El otro sofá

por Fer Población

Parece que lo estoy oyendo, justo ahora mismo es como si tuviera la voz de Sheldon Cooper en mi oído diciendo eso de “ése es mi sitio”. Y es verdad, a todos nos pasa, todos tenemos nuestro sitio en nuestra casa, y ya los que vivimos solos mucho más. Porque todos tratamos de organizar nuestro sitio de la forma más cómoda posible. Tiene que estar lo suficientemente cerca de la mesa baja para poder comer, tener los mandos a mano para no tener que levantarnos para cambiar de canal y estoy seguro que más de uno hace como yo y deja el cargador del móvil en un enchufe cercano. Es como un kit de supervivencia sin levantar el culo del sofá. Es más, recuerdo los domingos de resaca en Villanueva de la Cañada en los que incluso dejaba la luz del salón encendida a las tres de la tarde, para no tener que levantarme más tarde cuando anocheciera. Organizamos en nuestro sitio nuestro pequeño parque de atracciones de movilidad muy reducida, casi nula.

Y es nuestro sitio, y es donde estamos cómodos. Seguro que más de uno va a estar de acuerdo con lo que voy a decir ahora. La rabia que da cuando llega alguien a tu casa y se pone en tu sitio. Y claro, no puedes decir nada, porque si está en tu caso o es tu invitado, o es tu familia y queda feo echarlos. Pero ganas no faltan eh. Te rompen tu rutina, te joden tu espacio, te desordenan tu día. Pero oye, jódete y sonríe que es lo que hay que hacer.

Pero ¿qué pasa con el otro sofá, o los otros sofás? Y ya profundizando más ¿qué pasa con esos muebles que están por estar? Porque no nos engañemos, todas las casas tienen muebles infrautilizados, zonas que valen para acumular polvo (que no para echarlos). Y yo creo que estos muebles son como los funcionarios de las casas, que están ahí, que nadie sabe muy bien para qué valen, pero el día que trabajan no dan más que problemas.

Porque si tú, que pasas horas en tu casa, has elegido tu sofá, será por algo. En mi caso fue por descarte. Cuando yo vine a vivir a esta casa compartía el piso con mi hermana, así que simplemente usé el sofá que estaba libre. Pero mi sofá se lo curró, supo satisfacer mis necesidades y adaptarse a lo que necesitaba, por eso cuando nos quedamos solos pasó a ser sofá titular. Ascendió, porque los sofás deben hacer como los futbolistas, aprovechar las oportunidades que les dan cuando salen del banquillo.Y es curioso, porque el que ahora es el otro sofá, el que se ha visto despojado de titularidad, ahora ha pasado a segundo plano, ahora ya no es tan atractivo para las visitas.

En el fondo seguimos siendo niños pequeños, me explico, lleva a un niño de entre uno y cinco años a un parque y seguro, pero seguro, que el columnio, tobogán, balancín… Al que le apetece subirse, es el que está ocupado. No falla. Luego depende de lo caprichoso que sea el niño podrás reconducirlo hacia otro que esté libre y colará, o tendrás la clásica pataleta pueril con el consecuente sentimiento de “trágame tierra”.

Sin embargo hay una fecha en la que todos tienen su minuto de gloria. En Navidades los sofás suplentes, las copas de celebración, los cubiertos de servir, las servilletas de tela… Todos, todos salen al campo a jugar y joder lo que se quejan y la guerra que dan. Recuerdo alguien que pensé que era mi amiga (cosas que pasan, ella se lo pierde) que me contaba que cuando dejaba a su hermano solo unos días (compartían piso) éste se iba al súper y compraba platos, cubiertos y vasos de plástico para no tener que fregar. No creo que mi madre me deje copiar este sistema para navidades, pero se puede intentar.

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