Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Mes: marzo, 2017

Academias Opening

En España, en general, hablamos inglés de una forma que va entre fatal y como el culo. Y solemos estar orgullosos de eso, pero vamos que del orgullo absurdo que a muchos les produce la falta de conocimientos ya hablamos otro día. Y es que es así, siempre se nos ha dado mal eso del inglés, y claro, nosotros que somos muy así, nos lo hemos traído a nuestro terreno. Porque también es muy español eso de pretender que el mundo se adapte a nosotros, y no ser nosotros los que nos adaptamos al mundo.

Que de repente se cerraran todas las academias Opening debería habernos dado alguna pista. Y no, no es que fuera un timo, no es que hayan robado el dinero a los españoles sin darles los cursos que habían prometido. Qué va, lo que pasa es que los pobre nos podían más. Los profesores de las academias llevaron el caso al Tribunal de la Haya porque defendían que tratar de dar clases de inglés a los españoles iba en contra de los Derechos Humanos. Y no les quito yo razón eh.

Vale que las nuevas generaciones poco a poco le van cogiendo el gusto, van aprendiendo por dónde van las cosas y ya no son tan brutitos, pero los de mi quinta para atrás… Vaya tela. Y hay pistas, hay señales que nos recuerdan lo brutos que somos. Por ejemplo yo, que soy algo friki, veo varias. Primer ejemplo, a mí siempre me gustó la peli de El retorno del yedi (ya sé que se escribe con j, simplemente lo pongo como suena), pues no, ahora resulta que son los caballeros yedai. A mí me gustaban los comics de espiderman, pero ahora resulta que ahora ha cambiado de nombre y se llama espaiderman. Esto me recuerda una una broma que suele hacer mi madre que siempre dice que Maikel Daglas es el hijo de Kirk Duglas.

Y yo sí sé inglés, más que la media de mi generación al menos, pero como era lo que yo oía pues al final lo haces tuyo. Es como la red Güi Fi, nosotros lo decimos así y nos quedamos tan anchos. Intenta pedir la clave de la güifi en cualquier país de habla hispana, o se descojonan, o te miran raro, o las dos. Porque ellos hablan del guaifai, y tienen razón, pero claro nosotros somos de ir a nuestra bola.

Pero sí es verdad algo que leí el otro día a Fernando López Mirones (si no lo seguís es FB hacedlo, merece la pena lo que suele opinar). Vamos a ver, una vez que se ha producido el Brexit, ¿qué país de habla inglesa queda en la UE? NINGUNO. Y si ningún país tiene este idioma como lenguaje oficial no tiene sentido que lo siga siendo de la UE. Y por mucho que no les guste a alemanes, franceses o italianos, el idioma con más peso específico en este momento en la UE es el español. Pero vamos, que como siempre haremos en nuestras casas lo que nos dé la gana y agacharemos la cabeza cuando salgamos fuera. España es así. Spain is different.

 

 

 

lopez mirone español

 

Cosas que nunca he hecho

Parece que hay algunas cosas que todos damos por hecho, por cumplidas, que todos tenemos en nuestro debe y nadie duda de que no es una asignatura pendiente. O al menos todo el mundo dice que están en páginas pasadas del calendario de su vida. Pues no, al menos yo no, yo tengo flaquezas, tengo taras, tengo metas por cumplir y apuestas que aún no he hecho. Tengo facturas pendientes conmigo, contigo y con todos mis compañeros.

Porque nunca me he bañado de noche en el mar, en una piscina sí, pero creo que no es lo mismo. Y hablan de la magia de bañarse viendo las estrellas, sí que he dormido al raso, varias veces, aunque quizá en ese momento no supe apreciarlo, no me paré a mirar. No le dediqué esos tres segundos que predico a ver el espectáculo. Y es algo que creo que nos pasa mucho, valoramos las cosas antes o después, pero no en el momento en que nos suceden. Y es una pena.

Nunca he visto Casablanca, ni Lo que el viento se llevó, ni… Bueno hay muchas películas de las que se consideran grandes clásicos que no he visto. No me han llamado la atención, tampoco nadie me ha dicho que las viéramos juntos. Quizá con estas películas pasa como cuando un amigo se va a vivir cerca de tu casa. Haces mil planes para verle, pero como lo tienes tan a mano, como es tan sencillo quedar, pues lo vas dejando. Pasan los días y lo vas dejando. Lo malo es que a veces la gente se muda, y ya no es tan sencillo, ya no es tan fácil, ya no vive a la vuelta de la esquina. Y te arrepientes, claro que te arrepientes, en la vida sueles arrepentirte más de las cosas que no haces. Al menos a mí me pasa.

Nunca he probado la quinoa. No tengo ni idea de a qué sabe. Pero ni idea. Y claro que sé lo que es, porque ahora tienes quinoa hasta en la sopa, bueno en realidad no sé si se hace sopa de quinoa, pero vamos que es otra de esas modas que de repente tienen un boom y vamos todos como borregos. Pues yo no, al menos de momento no. Mañana puede ser que sí, pero ahora no.

Nunca he pedido un  menú para dos. Porque casi siempre he sido uno. Y vale, se puede pedir un menú para dos con amigos, familias o mascotas. Pero no se ha dado el caso. Y yo quería el mío, o la otra persona quería el suyo. Y no sé si esto es de independiente, de egoísta o sólo ha sido casualidad. Ni idea. Curiosamente sí que he pedido menú para tres. En muchas cenas por mí hemos sido tres, o cinco, o siete. Es lo que tenemos los solteros, a cierta edad convertimos las cenas en impares. Somo el plato que aparece en la cabecera de la mesa, donde nadie quiere sentarse.

Nunca he podido hacer algo con mis manos de lo que sentirme orgulloso. Ni pintar, ni construir ni nada similar. No fui capaz de montar una mesilla de Ikea, no puedo colgar un cuadro, no puedo dibujar un mapa… Todas esas cosas quedan fuera de mi alcance. Y me da envidia ver a la gente que lo hacen con tanta facilidad. Suelo quedarme mirando impresionado, admiro todo lo que yo no soy capaz de hacer.

Nunca he plantado un árbol, ni tenido un hijo, sí que he montado en globo, una vez hace muchos años y la verdad que me decepcionó un poco. Vale que las vistas merecían la pena, pero apenas sentí cómo subía o bajaba. No sé, hay algunas cosas en la vida que tendemos a mitificar tanto, que cuando suceden nos saben a poco, se nos quedan cortas.

Nunca he hecho ninguna de esas cosas, hay muchas que tampoco. No sé si es bueno o malo, sólo sé que es verdad.

 

 

Los peligrosos chalecos de colores

No sé si pasa en todas las ciudades, al menos en Madrid sí. Por la zona centro cada vez ves a más gente con chalecos de colores. Pero de colores llamativos eh, de rojo, de rosa, de azul… Nada de esos tonos tierra que le gustan tanto a mi madre, qué va, cuanto más se vean mucho mejor.

Y todos esos que llevan chaleco suelen tener algo en común, llevan una carpeta. Parece raro, pero todos la llevan. Y no, no es que sea el nuevo uniforme de los colegios, qué va, es mucho peor, mucho más incómodo, mucho más peligroso. Porque estos seres enchalecados son los representantes de las nuevas sectas, las ONG. Y quieren introducirte en su mundo, quieren captarte, dominarte, llevarte a su lado oscuro. Y te sonríen para esconder sus oscuras intenciones, pero desconfía, ten miedo, huye si puedes.

Y los ves ahí, parados en la calle, situados estrategicamente en los semáforos para que no tengas escapatoria, para que no puedas huir. Y dudas entre dejarte caer en sus garras o lanzarte al tráfico y que sea lo que dios quiera.

Pero yo he aprendido a lidiar con ellos, a esquivarlos, a sobrevivir en ese mundo de depredadores con chaleco. Por eso os voy a dar unas normas, unas pistas, unos métodos para conseguir llegar a mañana.

Nada de contacto visual. No se te ocurra. Notarás cómo ellos tratan de buscar tu mirada, cómo giran la cabeza para buscar tus ojos. Son de otra raza, su cuello gira más de lo que puedas imaginar. La niña del exorcista era un miebro de una ONG con un mal día.

Ten la excusa preparada. Unos segundos de duda pueden ser tu perdición. Nada de tardar dos segundos, pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte. Una frase clara, seca concisa.

Nada de pararse, nada de dejar de andar. Huye, corre, sálvate. La naturaleza es sabia, la gacela, el ñu, el conejo, huyen de los depredadores.

Cascos y gafas de sol. Escóndete, haz que no oyes, que no ves, que no pueden tratar de chupar tu alma.

Y si todo eso falla… Señores ir pensando el color que más os gusta para ser un enchalecado más.

Objetos infrautilizados

Hay muchos objetos que nos rodean que están infrautilizados, pero claramente. Que no les sacamos todo el jugo, que no aprovechamos todo el rendimiento que podrían tener. Y lo sabemos, y lo curioso es que el día que los vamos a comprar nos engañamos a nosotros mismos pensando en lo mucho que los vamos a usar.

Y esta infrautilización se puede dar de dos modos. Por un lado puede ser que no empleemos todos los usos que el objeto tiene. Se me viene a la mente la clásica navaja suiza, con sus mil accesorios y que cuando la compramos nos encanta despegar. Y después, como mucho alguna vez usamos la navaja, pero las tijeras, destornillador, sierra… No vuelven a ver la luz (si eres  Mac Gyber  que sepas que tú no cuentas).

También está la otra forma de infrautilización… Vamos lo que es usarlo poco. Ahora me viene a la cabeza otro objeto, la yogurtera. Los que fuimos a EGB seguro que alguna vez hemos visto una de esas yogurteras en nuestras casas. Seguro que hemos oído esa frase de “ya verás qué bien, podemos hacer nuestros propios yogures” y seguro que nos olvidamos de ella en cosa de una semana y pasó a formar parte de esa fauna escondida en el armario del final de la estantería arriba. Siempre he pensado que ese armario es el Guantánamo de la cocina. Entrar en él es entrar en el olvido, no poder ver la luz de nuevo en años. En ese armario es donde se esconden las velas de cumpleaños usadas, y todos, todos sabemos que la próxima vez que te hagan falta comprarás otras.

Pues bien, hay varios objetos que son claramente infrautilizados. El primero es el microondas. Lo usamos para calentar  y punto. Y mira que nos han comentado que puede valer para mucho más, que se puede usar para cocinar un montón de cosas, incluso creo recordar que había un programa en Canal Cocina (Canal Huevo Frito que lo llama mi hermana) que hablaba de recetas usando el microondas (sí, veo Canal Cocina), pero al final lo usamos para calentar y ya. Y lo usamos eh, la vida sin microondas hoy en día sería diferente, sobre todo en los bares que los pinchos pasan a tu boca después de treinta segundos en el aparato.

Otro objeto que usamos poco o nada es el cacharro de la batidora que vale para picar. ¿Alguien lo ha usado alguna vez? Yo creo que es lo típico que sacas de la caja de la batidora y lo pones en un cajón con las instrucciones. Ahora que lo pienso, no hay nada usado que las instrucciones de los electrodomésticos. Yo creo que si pusieran la portada escrita y todas las páginas interiores en blanco, no nos daríamos cuenta. Pero eso sí, todos las guardamos. Ni idea de por qué, pero las guardamos.

Las bicicletas estáticas. Nos da el punto de “quiero ponerme en forma, pero no quiero que los demás en el gimnasio vean mis desgracias”, así que comprabas la bicicleta, o te ibas al sótano y subías esa de color azul clarito que tuvo su padre en su día. Y te pones morado, pero no de hacer deporte, si no de darte golpes con el bicho ese que siempre está en medio.

Los discos duros reproductores tienen el mismo sino, ya hemos llegado a la fase en la que, poco a poco, van desapareciendo de las casas, pero antes estaban ahí, orgullosos entre el DVD y el descodificador del satélite. Más cacharros de esos, más despliegue de poder, de estar a la última, de no privarse de nada. Además siempre me pareció curioso que cuando la gente te decía lo que era ese cacharro, no te contaba que tenía pelis o series muy buenas, te decía que tenía muchas. Daba igual que fueran pelis de Pajares, de Esteso o las que le gustan a mi primo Jose, el caso es que hubiera muchas.

Y estoy seguro que hay mucho objetos más que sufren este mismo fenómeno, pero por hoy ya es suficiente.

Charcos a mí

Hacía mucho que no me metía en un charco metafóricamente hablando, bueno, mi hermana Reyes decía que temía por mi salud por la última columna que he escrito para La Gaceta de Salamanca, pero oye, aquí sigo sano y salvo. Creo que las personas a las que nos pagan por opinar no podemos escribir pensando en quedar bien con todo el mundo. Eso no es opinar, eso es un bienquedismo zafio y rastrero que busca embolsar unos euros.

Pues eso, que hacía mucho que no me metía en charcos por aquí, y me vais a permitir que hoy me ponga más en plan periodista que en plan loco pensador (algunos lo llaman libre pensador, pero creo que mi término me pega más). Porque me apetece decirlo, porque tengo que soltarlo y porque yo lo valgo.

Hoy es el Día de la Mujer. Vale, lo primero que quiero señalar es el cambio de nombre. Vamos, que hasta el año pasado, era el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y ahora se ha acortado, pero no creo que haya sido por economía del lenguaje. Y la verdad es que este matiz me parece correcto. El apellido de trabajadora que llevaba el Día de la Mujer, daba entender que las mujeres que trabajaban eran una excepción, que no era la habitual. Es verdad que hay trabajos remunerados y otros que no lo son, pero no por el hecho de ser no remunerados, no quiere decir que no sea un trabajo. Sí, estoy hablando de las mujeres que se hacen cargo de sus casas y de sus hijos. Hay que tener muy en cuenta que es precisamente el hecho de que la mujer se haga cargo de estas tareas, lo que permite a su pareja poder salir de casa a desempeñar su labor profesional. Si hay gente que cobra por hacer lo mismo que tú, es que es un trabajo, y las empleadas del hogar llevan en nuestra sociedad muchos siglos.

Vale, en la primera parte de acuerdo, pero vamos al charco que es a lo que hemos venido. Una exaltación del feminismo es lo más alejado a buscar la igualdad que pretenden y, por supuesto, merecen.Es verdad que queda camino por recorrer, pero ésta no me parece la mejor fórmula de conseguirlo. Y hay algo en concreto que me da rabia, que no lo entiendo. Ya hoy, desde primera hora de la mañana, me he encontrado mensajes del tipo “las mujeres somos mejores” en las redes sociales. Y no, lo siento, pero no lo sois, no sois mejores que yo. Sois diferentes, nos complementáis y tenéis el mismo valor que nosotros. Pero no sois superiores, no me voy a sentir inferior delante de una mujer y tengo muy claro que no somos iguales. El manido recurso de infravalorar lo mío, para exaltar lo tuyo ya cansa. Es una muestra de falta de argumentos. Ojito que no estoy generalizando, si no que, en este momento, estoy retratando a las feminazis que apuestan por la muerte del pene. Poco respeto puedes exigir, cuando lo primero que haces es falta al mismo. Una estrategia similar a la de los podemitas, que exigen la libertad de expresión, pero amenazan y atacan a los periodistas que no son afines a ellos, como ha denunciado la APM (Asociación de la Prensa de Madrid).

Por desgracia no es en el único ámbito en el que se emplea esta estrategia. Estoy harto de ver a determinados nacionalistas faltando al respeto a España (ojo, vuelvo a lo mismo, estoy hablando de radicales con poco cerebro y muchas ganas de atacar, pero son bastantes). No creo que Cataluña mejore en nada, diciendo que el resto de España (querido amigo, te guste o no tú eres español) es una mierda. En nada. Defiende lo tuyo, exalta lo tuyo, di todo lo bueno que tenéis (que es mucho), pero no exijas libertades cuando lo primero que haces es faltarme al respeto.

Es absurdo, pero todo esto viene de largo. Viene de ni más, ni menos que de una guerra. A ver, que parece que en esta parte alguien se debe haber perdido, pero en las guerras muere gente, y muere gente de los dos lados. Que sí, que los nazis eran muy malos, pero no creo que a los nazis se les derrotara a base de poner flores en los cañones de sus armas como soñaban los hippies en Woodstock (soñaban despiertos con varias ayudas). Cuando una guerra llega a producirse es evidente que la sociedad en su conjunto está en un error, pero cuando la guerra termina es necesario olvidar, perdonar y avanzar.

Y hay otro matiz que hay que recordar, en las guerras hay vencedores y vencidos, y son los vencedores los que imponen su modelo de sociedad, de gobierno, de economía… Es similar, salvando las distancias, a las elecciones al Gobierno. Y es curioso que aquellos que perdieron la guerra y aquellos que han perdido las elecciones pretendan marcar el ritmo de nuestro país. Porque ahora les ha dado por borrar todo aquello que recuerda aquella guerra, desde estatuas, calles, plazas… Siempre se ha dicho que el que olvida su pasado tiene el riesgo de repetirlo. Y hubo víctimas, pero las hubo por los dos lados, hubo héroes, por los dos lados y hubo momentos históricos, por los dos lados. Y todos ellos deberían tener el derecho de perdurar en el tiempo con su reconocimiento, los de los dos lados, por supuesto.

En fin suficientes charcos por hoy. Seguro que muchos no estáis de acuerdo con algunas de las cosas que he dicho, puede que algunos no estéis de acuerdo con ninguna. Al menos por mi parte tenéis la opción de hablar de todas ella conmigo, puede que no lleguemos a un acuerdo, pero no hay que estar de acuerdo en todo para respetarse y llevarse bien.

Y qué

¿Y qué si dicen que no podemos? Si nos cosen a leches, si nos traban las piernas. Si nos cuelgan pesos de los pies, si nos cortan las alas, si nos minan la moral, si nos miran mal, si nos pierden el respeto, si nos dan de lado o nos dan la espalda. ¿Y qué?

¿Y qué si no creen en nosotros? Si nos marcan con el no puedes, si nos gritan al oído las mil verdades a medias, que son las mayores de las mentiras. Si se ríen de nuestras caídas, si nos quieren hacer sentir pequeños.

¿Y qué si no es sencillo? Nadie dijo que lo fuera, nadie pensé que se podría, nadie nos dio un voto de confianza, ni una palmada en la espalda, ni un guiño cómplice.

¿Y qué? Porque los dos lo sabemos, porque yo lo valgo, porque tú lo vales, porque los dos podemos.

Dos tipos de personas

Vengo a contradecirme a mí mismo. Otra vez, otra de tantas, pero si es que es algo que me encanta, que mi cabeza pega unos saltos que los canguros lo sienten de la familia. Pero bueno, que después de unos años me he dado cuenta de algo.

En general la gente tiene la manía de dividirnos, de separarnos por grupos. Y no sé si con eso consiguen que nos sentamos más diferentes a los que no están en nuestro grupo, o que nos unamos más a los que sí lo están. La verdad es que siempre he pensado que en España hay tantos grupos como personas que vivimos aquí. Vamos que cada uno es de su padre y de su padre, que todos tenemos lo nuestro, que somos diferentes y raros, con todo lo bueno que eso implica.

Pero bueno, que nos quieren catalogar. Y dicen que somos de izquierdas, o derechas, del Madrid (bien), o del Barça (caca), de dormir con calcetines, o sin ellos… Y en estas que yo pensé que había encontrado el matiz fundamental, lo que realmente nos separa en dos grupos que difícilmente se van a reconciliar: los que quieren la tortilla con ceblolla y los que la quieren sin ella. Evidentemente una tortilla sin cebolla es como un bar sin camareros, como un pueblo sin pilón, como un chico de traje sin americana. Grandes errores.

Y eso, que estaba yo convencido de que ésa era la separación clave. Y no, resulta que no, resulta que hay otra que realmente divide a las personas. En la vida hay dos tipos de gente, los que quedan a tomar un café, y los que quedan para tomar una caña. Para los poco expertos debo decir que puede que los dos planes se parezcan, pero no tienen nada que ver. Hay que fijarse en los detalles, saber leer entre líneas, escudriñar la realidad porque la verdad está ahí fuera (comentario remember).

En los dos planes el objetivo es hablar, pero la forma de hacerlo no tiene nada que ver. Porque un café implica estar sentado, tranquilo, ir a los trascendente, a lo profundo. Un café es el “tenemos que hablar” de los hombres, que no es tan pérfido, ni cruel como el femenino.

Una caña es distinto. Porque en España el alcohol nos lo tomamos muy en serio, somos expertos en él. No sé si somos los que más bebemos de Europa, pero sí que somos los que mejor lo hacemos. Porque el alcohol es parte de nuestro día a día. Y no bebemos con cualquiera, bebemos con amigos, relajados, de pié y codo en barra. Bebemos y hablamos entre risas de nuestras vidas dejando que pase el tiempo, soltando las horas como si no nos costaran.

Y debo decir que yo tengo un problema con el café. No me gusta. Y podría pedir un Cola Cao, pero no da mucha sensación de seriedad. Y podría pedir un zumo, pero no me llama la atención. Y podría pedir una Coca Cola, que es lo que suelo hacer. Pero lo que me apetece es una caña. No nos engañemos, en una mesa una caña y un café queda raro, que da descompensado. Pasa como con los regalos de aniversario, San Valentín y similares, que suelen estar descompensados y luego pasa lo que pasa.

Menos cafés y más cañas, que es mucho más español.

Las trampas de la cocina

El mundo está cambiando, eso está claro. No es ni bueno, ni malo, simplemente es así. Una de las cosas que me sirven para darme cuenta de ello es que en mi grupo de mi amigas es raro la que sepa cocinar. Las mujeres jóvenes no quieren estar dentro de la cocina, y me parece genia. Y también pasa al revés, somos varios los amigos que somos cocinillas.

Vale lo primero, que es importante. No tiene nada que ver el cocinillas con el gourmetillo. Porque el cocinillas es (somos) los que hacemos. Los que venimos de la compra, nos metemos en la cocina y sacamos la comida para amigos, amigas y animales de compañía. Pero los otros… Los otros son los que te dicen que deberías haber comprado cebolleta en vez de cebolla, que deberías haber blanqueado las verduras… Y lo que más me molesta, siempre, pero siempre, tienen que meter la cuchara de madera y dar una vuelta a la sartén. Como si ése fuera el toque mágico, como si las cosas iban a salir bien gracias a ellos, algunos incluso pueden llegar a decir algo del tipo “ponéis vosotros las copas que nosotros hemos hecho la comida”. Para matarlos, es que es para matarlos.

Pero bueno a lo que íbamos, que cada vez somos más los que nos lo pasamos bien en la cocina y menos las que se apañan dentro. Del mismo modo, en mi caso, debo reconocer mi total incompetencia en temas de bricolaje. Ahora mismo noto la mirada clavada en mi nuca de un cuadro apoyado en el suelo que lleva más de un año esperando a que alguien lo cuelgue. Estar así debe ser como ser el siguiente en la fila del Burger cuando tienes mucha hambre, pero que nunca pase el turno. Algo así como cuando estás descargando algo y se queda colgado en el 99%. Porque igual que veo menos mujeres que sepan cocinar, veo muchas más que podrían colgar el cuadro. Y digo podrían porque por más que mendigo nadie se anima. Creen que lo digo de broma. Y no, es una verdad como un templo, no sé colgar un cuadro. Help I need somebody.

Aunque también entiendo que eso de empezar a cocinar no es sencillo. Que la mayoría de programas o tutoriales de cocina parten de que algo ya sabes. Y no se explican claro, y te lían. Vamos, lo mismo que me pasa a mí con el bricolaje. Es más, acabo de buscar un tutorial para colgar el cuadro y me dice que si la pared es de ladrillo es necesario una broca de widia. Con dos cojones. Primero, ¿cómo sé yo de qué está hecha la pared? ¿le pregunto? ¿llamo al arquitecto? Y sobretodo ¿qué narices es la widia? Al final va a ser que tengo en-widia a los que sí saben colgarlo (el chiste es malo, lo sé).

En fin, que lo que decía, que entiendo que los que empiezan a cocinar no lo tienen sencillo. Para empezar el tema de las cantidades es raro. Una pizca, una taza, una cucharada… Oye y cada uno con su taza y su cuchara, que tienen poco que ver con las del vecino. Lo peor es lo de la pizca. Conozco una perra y una niña que las llaman pizca, que no tiene nada que ver, pero yo lo digo.

Y bueno también hay indicaciones del tipo “añade aceite según te lo vaya pidiendo”. No, no va encenderse ningún piloto, ni va a dar un pitido y si notas que te habla el sofrito ¡Háztelo ver! En fin que la cocina tiene sus trucos y sus trampas, como el bricolaje. Cambio comida por colgar un cuadro. No es broma.

El capricho de la Luna

Ella le pidió la Luna. La quería, la necesitaba, no podía vivir sin ella. Y él sabía que no, que la Luna en sus manos, las de ella, no iba a cambiar nada. Sabía que se querían, sabía que la quería, pero quererse no era suficiente. No basta con eso.

Y él se sentía defraudado, por las películas, por los anuncios, por los cuentos y novelas, por los locutores de radio. Porque siempre le habían dicho que el amor todo lo puede. Y es mentira, no es verdad, es falso. Pero ella quería la Luna. Y él no sabía qué hacer.

En Ikea no había una escalera tan alta, Iberia no ofrecía vuelos, ni Blablacar compartir un coche, para que él llegara a la Luna. Y ella no paraba de recordárselo. ¿Tendré la Luna mañana? ¿Tienes escondida en tu casa la Luna para mí? ¿Cómo de grande es la Luna?

Porque la verdad era otra, triste, pero otra. Porque ella no le quería a él, ella quería la Luna. Y él se obsesionó tanto que dejó de pensar en ella y sólo pensaba en cómo conseguirla. Y así pasaron la vida, los dos pensando en la Luna, y ninguno pensando en el otro.

Oro blanco

Vale, que ya hay alguno que está pensando mal y no, no voy por ahí. Nada que ver con Galicia, Colombia o similar. No, hablo de otra cosa distinta. Yo, que tengo ya cierta edad me guste o no (no me gusta, nada, pero nada de nada, nadísimo) recuerdo los tiempos en los que las bolsas del súper eran gratis. Iban siempre a medio llebar (eran gratis) y cuando llegabas de la compra las tirabas a la basura, ese cubo, un cubo, en el que iba todo dentro y no pasaba nada y nadie si se enteraba de que lo mezclabas todo te miraba como si fueras un asesino de cachorros.

Pero ya no, ahora la cosa ha cambiado, pero mucho eh. Porque claro, los supermercados, siempre tan preocupados por el medio ambiente, el bien común y la salud de los unicornios (¡Ja!) decidieron que claro, para que haya menos bolsas la clave era atacarnos donde más nos duele, al bolsillo, que todos tenemos un pequeño rácano dentro. No, no seáis mal pensados (era es ironía eh) nada tiene que ver con lo que las compañías se ahorran y se embolsan (nunca mejor dicho), con esta nueva medida. Recuerdo que una vez leí la burrada que se había ahorrado una compañía aérea simplemente por ahorrar de sus menús una aceituna en la ensalada. Lo que me lleva a pensar… ¿alguien conoce a algún cocinero que prepare esas bandejas? A esos sí que habría que mirarlos como si mataran cachorros.

En fin, que como ya no son gratis pues ha surgido un fenómeno con dos síntomas muy claros. El primero de ellos es que las bolsas siempre se llenan hasta el infinito y más allá, los hay que pretenden meter en esas bolsas una cantidad de cosas similar al número de payasos que salen en los dibujos de un seiscientos. Y claro, no siempre se puede, y claro hay accidentes. Seguro que en nada algún supermercado se planeta en crear el seguro por ruptura de bolsa (para posibles listillos la idea es mía y si lo ponéis en marcha pienso pedir mi parte… Aunque sea en bolsas).

Y hay otro fenómeno que ha surgido. Porque las bolsas tienen su valor, cuestan dinero y nos molesta mucha tener que pagar por lo que antes teníamos gratis. Por eso la bolsas las cuidamos como oro en paño, oro blanco (por aquí iba mal pensados), pero oro. Y no se tiran, lejos de eso se guardan. Todos tenemos un cajón con bolsas, o, lo que a mí siempre me ha parecido curioso, la bolsa de bolsas. ¿una bolsa llena de bolsas es una bolsa embarazada? En fin que los tiempos cambian, las bolsas cuestan y los supermercados ganan aún más, por el medio ambiente claro.