El capricho de la Luna

por Fer Población

Ella le pidió la Luna. La quería, la necesitaba, no podía vivir sin ella. Y él sabía que no, que la Luna en sus manos, las de ella, no iba a cambiar nada. Sabía que se querían, sabía que la quería, pero quererse no era suficiente. No basta con eso.

Y él se sentía defraudado, por las películas, por los anuncios, por los cuentos y novelas, por los locutores de radio. Porque siempre le habían dicho que el amor todo lo puede. Y es mentira, no es verdad, es falso. Pero ella quería la Luna. Y él no sabía qué hacer.

En Ikea no había una escalera tan alta, Iberia no ofrecía vuelos, ni Blablacar compartir un coche, para que él llegara a la Luna. Y ella no paraba de recordárselo. ¿Tendré la Luna mañana? ¿Tienes escondida en tu casa la Luna para mí? ¿Cómo de grande es la Luna?

Porque la verdad era otra, triste, pero otra. Porque ella no le quería a él, ella quería la Luna. Y él se obsesionó tanto que dejó de pensar en ella y sólo pensaba en cómo conseguirla. Y así pasaron la vida, los dos pensando en la Luna, y ninguno pensando en el otro.

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