Dos tipos de personas

por Fer Población

Vengo a contradecirme a mí mismo. Otra vez, otra de tantas, pero si es que es algo que me encanta, que mi cabeza pega unos saltos que los canguros lo sienten de la familia. Pero bueno, que después de unos años me he dado cuenta de algo.

En general la gente tiene la manía de dividirnos, de separarnos por grupos. Y no sé si con eso consiguen que nos sentamos más diferentes a los que no están en nuestro grupo, o que nos unamos más a los que sí lo están. La verdad es que siempre he pensado que en España hay tantos grupos como personas que vivimos aquí. Vamos que cada uno es de su padre y de su padre, que todos tenemos lo nuestro, que somos diferentes y raros, con todo lo bueno que eso implica.

Pero bueno, que nos quieren catalogar. Y dicen que somos de izquierdas, o derechas, del Madrid (bien), o del Barça (caca), de dormir con calcetines, o sin ellos… Y en estas que yo pensé que había encontrado el matiz fundamental, lo que realmente nos separa en dos grupos que difícilmente se van a reconciliar: los que quieren la tortilla con ceblolla y los que la quieren sin ella. Evidentemente una tortilla sin cebolla es como un bar sin camareros, como un pueblo sin pilón, como un chico de traje sin americana. Grandes errores.

Y eso, que estaba yo convencido de que ésa era la separación clave. Y no, resulta que no, resulta que hay otra que realmente divide a las personas. En la vida hay dos tipos de gente, los que quedan a tomar un café, y los que quedan para tomar una caña. Para los poco expertos debo decir que puede que los dos planes se parezcan, pero no tienen nada que ver. Hay que fijarse en los detalles, saber leer entre líneas, escudriñar la realidad porque la verdad está ahí fuera (comentario remember).

En los dos planes el objetivo es hablar, pero la forma de hacerlo no tiene nada que ver. Porque un café implica estar sentado, tranquilo, ir a los trascendente, a lo profundo. Un café es el “tenemos que hablar” de los hombres, que no es tan pérfido, ni cruel como el femenino.

Una caña es distinto. Porque en España el alcohol nos lo tomamos muy en serio, somos expertos en él. No sé si somos los que más bebemos de Europa, pero sí que somos los que mejor lo hacemos. Porque el alcohol es parte de nuestro día a día. Y no bebemos con cualquiera, bebemos con amigos, relajados, de pié y codo en barra. Bebemos y hablamos entre risas de nuestras vidas dejando que pase el tiempo, soltando las horas como si no nos costaran.

Y debo decir que yo tengo un problema con el café. No me gusta. Y podría pedir un Cola Cao, pero no da mucha sensación de seriedad. Y podría pedir un zumo, pero no me llama la atención. Y podría pedir una Coca Cola, que es lo que suelo hacer. Pero lo que me apetece es una caña. No nos engañemos, en una mesa una caña y un café queda raro, que da descompensado. Pasa como con los regalos de aniversario, San Valentín y similares, que suelen estar descompensados y luego pasa lo que pasa.

Menos cafés y más cañas, que es mucho más español.

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