Todo pasa

Conocí a una chica hace muchos años que solía decir esa frase. Todo pasa. Y digo conocí no porque haya muerto, creo que no, lo digo simplemente porque de la persona que yo conocí a la que es ahora hay un giro de 180 grados (cuántas veces la gente se confunde y dice 360). Y eso pasa muchas veces, que la gente lleva el mismo nombre, pero no es la misma persona. En fin, esto es otro tema.

El caso es que ella siempre me decía esta frase. Siempre que había un problema, que pasaba algo, que la vida no le daba, o no me daba lo que esperaba, salía con esa frase. Y la verdad es que no me gustaba nada. Me ponía muy nervioso. Y se lo decía, claro que se lo decía. Ella dibujaba en su cara una sonrisa triste (que las hay), se encogía de hombros y agachaba la mirada. Porque ella era así, ella quería ser así. No había pedido mi ayuda, ni mi consuelo y las ganas que yo tenía de protegerla o cuidarla simplemente no era culpa suya. Ella solo quería hacer eso, esperar a que todo pasara.

Ella siempre tuvo un brillo especial en los ojos. Había algo especial en ellos que me llamaron la atención desde el primer momento que la vi. Y tardé mucho tiempo en darme cuenta de que realmente ese brillo era una lágrima que estaba a punto de caer. Una lágrima que llevaba siempre atada a su mirada, que le daba luz a su cara y punzadas a su corazón.

Porque no quería ser feliz. Era simple. Me negué, peleé, pataleé como el niño al que acaban de quitan su juguete nuevo. Yo quería que soltara esa lágrima y se olvidara de ella. Que la dejara ir, que pudiera disfrutar de las pequeñas cosas, que pudiéramos hacerlo juntos. Pero es que ella no quería, o no podía, no lo sé.

Cuando lo entendí, cuando supe que nuestro futuro es que no había futuro entonces fui yo el que me puse triste. Y pensé que a lo mejor era verdad eso de que todo pasa. Pero no, al menos a mí no. Y decidí que no es lo mismo superar que asumir. Se parecen, pero no es lo mismo. Yo no podía con esa carga, por eso descubrí que realmente ella era la fuerte de los dos. La imaginé como una gran presa sujetando un gran caudal de sentimientos y jirones de alma. Con la fuerza presente e invisible del que hace todo para que parezca que no hace nada. Ella plantada en frente del mundo y luchando contra sí misma.

Todo pasa. O más bien pasó lo que tenía que pasar, así que pasado un tiempo decidí que tenía que pasar de ella. Y huí, lo reconozco, huí. Puse terreno de por medio y traté de plantar raíces en otro lugar. No todo fue culpa suya, aunque ella no ayudó. Y ella volvió a aparecer, al menos se llamaba igual que ella. Y sí, había soltado la lágrima, pero al romper el dique de su cara había quedado con una grita en la boca de ironía y resquemor.

Ya no brillaban los ojos, ya no agachaba la cabeza, ahora sólo dejaba manar sin control las aguas putrefactas que tanto tiempo había dejado estancadas por la apertura de su boca. Y pensé que igual esto se le pasaba. Más bien deseé que así fuera. Pero no, no todo pasa, no siempre pasa. Y ahora fue ella la que pasó de mí y, paso a paso, pues rumbo a otra vida. Debió remontar su río interior, volver a los orígenes, acercarse a las nubes, al aire puro, a la sencillez. No, no fue lo que hizo. Prefirió dejarse llevar por sus aguas fecales y emponzoñarse en las cloacas de su vida. No he vuelto a saber nada de ella. Paso de hacerlo.

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