¿Por qué te vas?

¿Por qué te vas? ¿por qué te has ido? ¿Por qué has dejado la puerta entreabierta sin fecha de regreso ni de caducidad? ¿Por qué saltas por mis recuerdos y lo pones todo patas arriba sin intención de ser, y mucho menos de estar? ¿Por qué?

Pensar, pensar sin hacer es uno de los mil absurdos que vivimos a diario. Sueños quebrados antes de nacer en la penumbra del cuarto. Luz que se cuela por debajo de lo que otros llaman vida. Y te huelo, te siento, te noto a un centímetro que se torna en dos si decido recorrer el primero. Casi, pero no. Puede, pero no. Quizás, pero no. Estás en el debe de la lista de sueños imposibles. Y te vas.

Te vas sin apenas haber llegado. Eres aquella estación de metro cerrada ansiando ser descubierta, pero inmersa en las profundidades de lo que pudo haber sido. Te veo irte, te huelo irte, te oigo irte y apenas te rozo dejando en la yema de mis dedos el recuerdo del calor que algún día me diste o me quisiste dar.

Yo me quedo. Me quedo con mis cadenas, con mis miedos, con mis ansias insatisfechas, con mis andares y maneras. Con mi yo en entredicho y redicho. Con mis lágrimas a flor de piel y mi sonrisa tatuada para que no se desdibuje. Tú te vas y yo me quedo. Y el aquí y el ahora es una mezcla de hiel e ironía que escuece y llena la sala de últimos suspiros.

¿Por qué no te quedas? Porque no.

 

Anuncios