Tacones y panceta

por Fer Población

Ha llegado una de las que se está convirtiendo en mi fecha favorita del año, las fiestas de Salamanca. Porque la verdad que antes era algo que no me hacía mucha ilusión, que llegaran las fiestas de Salamanca significaba que se acercaba uno de los acontecimientos más tristes en la vida de un niño, la vuelta al cole. Y tenías que oír tonterías del tipo ¿tienes ganas de ver a tus amiguitos? Y no, no tenías ninguna gana. Porque ver a tus amigos significaba tener que ver las caras a los profesores y aguantarlos unas seis horas al día. Seis horas al día profesores, media hora al día recreo. No compensa, está mal distribuído.

Pero ahora que la cosa ha cambiado, que ya no voy al cole, ahora que los que fueron mis profesores me saludan por la calle como si fuéramos íntimos (con la rabia que te tenía), ahora que sigo viendo a muchos de los de recreo, pero que lo prolongamos lo que nos apetece y no vivimos pendientes del reloj de 30 minutos, ahora sí me gustan.

Es verdad que he perdido la costumbre de ir a los toros. Y ya sé que éste es un tema muy polémico, que hay que le gustan o otros que los odian. Pero a mí me gustaban y, si puedo, alguna corrida voy, aunque es cierto que últimamente he ido más a Las Ventas que a la Monumental (para los que no tenéis el privilegio de ser de Salamanca os explico que la monumental es la plaza de toros de aquí). Es verdad que no puedo ir a tantos conciertos como me gustaría, quizá porque no tengo los mismos gustos musicales que algunos de mis amigos (yo soy más pijo), también es verdad que no tengo a quién ofrecer comedia romántica en el cine a cambio de ir (aunque a mí esas pelis también me gustan, así que salgo ganando en ambos casos).

Pero quizá lo que más me gusta, lo que se lleva la palma, donde disfruto es en las casetas. Como un niño pequeño eh. Con sus vasos de plástico, sus servilletas de papel, su olor a carnaza, su mezcla de gente. En la misma caseta pueden estar apoyados el barrendero del barrio y el alcalde (que doy fe que se prodiga), a base de trozos de cerdo y otros animales (las plantas son segundonas) los salmantinos bebemos y vivimos. Por 2,20 eres un poco más feliz y sí, un poco más gordito, pero oye que no pasa nada. Que después de lucir tipín o tipazo (no por hermoso, si no por grande) en verano, ahora tus vergüenzas vuelven a estar bien tapadas, así que alegría.

Aunque lo que más me sorprende es ver a las salmantinas, niñas elegantes, educadas, finas donde las haya, entregarse a la ingesta de panceta. Panceta y tacones, qué buena combinación.

 

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