Kike, mi nuevo compañero

por Fer Población

Seguro que la mayoría de vosotros ya lo sabéis, pero para los no iniciados, os comento que desde hace dos meses comparto piso con un perro, más en concreto un cachorro, bueno más bien un cacharro. Se llama Kike y tiene tres meses. El nombre viene por algo que no se me da mal del todo: venganza. Porque en su día ya os conté que un amigo le había puesto a su perro de nombre Fercho (buscad el post aquí) así que… ¿Adivináis cómo se llama mi amigo? Pues eso.

Kike tiene solo tres meses y estamos en proceso de adiestramiento y de enseñarle modales. Es cierto que con el tiempo libre que tenemos por el bicho le he pedido tantas veces la pata que ya él de vez en cuando me la da solo a ver si cae chuche (true story). Pero hay una serie de cosas de las que me he dado cuenta que paso a relataros con mi carácter dicharachero habitual.

He escuchado muchas veces eso de “los perros tienen dueño, los gatos sirvientes”, pero vamos a ver, qué digo yo que si tengo que ponerle l comida, la bebida, sacarlo de paseo, llevarlo al médico, comprarle juguetes… ¿Quién es el que manda? Que no, que no os engañen, que el jefe de prensa de los perros se lo ha currado y nos l ha colado, que es todo un complot para que no nos demos cuenta de la supremacía del perro. Los perros son el poder en la sombra, son Hydra para los Vengadores, son el Patriarca para Los Caballeros del Zodiaco, son Irene Montero para Pablo Iglesias.

Y sí, he dejado de lado la más grande de las humillaciones, lo que de verdad nos convierte en mayordomos y mayordomas (toma lenguaje inclusivo). Las cacas. Bueno, recoger las cacas.

En este sentido hay dos opciones, la buena y la mala. Bueno, mejor dicho, la mala y la peor. Porque ya vemos cómo algo natural eso de ir por la calle y tener que sacar una bolsa para coger la caca de nuestro perro. Esa caca calentita y maloliente que introducimos en la bolsa mientras nuestro perro nos mira pensando… Me acabo de cagar y lo has limpiado tú. Que de pequeño llevaba chuches en el abrigo, luego dejé los bolsillos vacíos y ahora… Ahors llevo bolsas de cacas y chuches, pero para perros (de chuches a chuches, el ciclo de la vida).

Pero está la otra opción, la que es peor, la que gusta mucho menos. Porque Kike tiene tres meses y eso de dentro y fuera todavía está en proceso. Y de repente estás en casa y te llega un pestilente hedor que te avisa de una reciente deposición. Vamos que se ha cagado el perro. Y vas, y contienes la respiración, recoges el “regalo”, friegas el suelo (porque yo en casa suelo ir descalzo y en caso de despiste…) y abres la ventana y tiras de ambientador. El ambientador en casa de alguien que tiene perro es similar al botafumeiro en la Catedral De Santiago, sirve para enmascarar los malos olores.

Pero yo, ahora que tengo perro, tengo dudas, muchas dudas. Si el perro me lo han regalado (adopta no compres) ¿Es un candado? Si quieres ser artistas ¿Será cantante? Si quieres algún extra en la hamburguesa ¿Pedirá cancamusa? Si le compro chorizo ¿Tiene que ser de cantimpalos? Si nos vamos de viaje ¿Querrá ir a Canadá?

Vivo en un mar de dudas. En el cantábrico, claro.