Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

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Los Quioscos

A mi hermana Maca de pequeña la llamaban Quiosco porque siempre llevaba una bolsa de chuches en el abrigo cuando iba a la guardería o al colegio. Y le siguen gustando, aunque ahora ya compra chuches VIP de una cadena en Madrid que las hace con zumo natural de frutas. Qué cosas.

Pero no es de eso de lo que quería hablaros. De pequeño pensaba que el de mi plazuela (esos sitios maravillosos en los que jugábamos, nos manchábamos y nos despellejábamos las rodillas) era el mejor quiosco del mundo.

Allí estaba al frente Heraclio. Por cierto, creo que siempre que oímos el nombre de Heraclio nos acordamos de Heraclio Fournier. Si las cartas no eran de Heraclio Fournier eran malas, pero muy malas. El señor Fournier hacía cartas para todo el mundo, para bancos, bebidas, fábricas de embutidos… Le debes grandes horas de mus (o similares) a este señor. Gracias.

En fin, que me voy por las ramas. Lo que decía, que yo pensaba que Heraclio regentaba el mejor quiosco del mundo mundial, pero resulta que hay muchos muy buenos, muchos que tienen de todo, como en botica, que puedes comprar los periódicos, pan, chuches (por supuesto), libros, bolis…

Si quieres un condensador de fluzo, pídeselo a Heraclio. Si quieres cuarto y mitad de cancamusa, pídeselo a Heraclio. Si quieres sangre de unicornio albino, pues lo dicho, a Heraclio.

Y resulta que ahora hay muchas cosas que no sabemos dónde podemos conseguir, porque muchos negocios están cerrados. Por eso, como idea, hablad con Heraclio.

Un día más

En esta época confusa, en estos momentos nunca antes vividos en los que vivimos improvisando, en esta pausa obligatoria en nuestra vida, existen dos tipos de días. Hay veces que sientes que es un día menos, que queda un día menos para volver a lo de siempre, a lo que nos gusta. A vernos, a disfrutarnos, a convivir, porque yo no soy yo si no tengo un nosotros.

Pero también hay un día más. Hoy es un día más. Hoy siento que llevo un día más en este laberinto, con un minotauro llamado coronavirus, del que no veo salida.

Hoy me he despertado con un olor de boca desagradable (Kike ha hecho de las suyas), con un mal sabor de boca (ahí Kike no tiene nada que ver), con pocas ganas de salir de la cama (pero tenía que sacar a Kike) y con menos ganas de afrontar todo lo que nos queda.

Hoy me he dejado la sonrisa en la almohada y buscado, con pésimo resultado, pincharme algo de energía positiva (que para eso la insulina no me vale).

En fin, afrontemos el hoy y ya veremos mañana.

Un día más

En esta época confusa, en estos momentos nunca antes vividos en los que vivimos improvisando, en esta pausa obligatoria en nuestra vida, existen dos tipos de días. Hay veces que sientes que es un día menos, que queda un día menos para volver a lo de siempre, a lo que nos gusta. A vernos, a disfrutarnos, a convivir, porque yo no soy yo si no tengo un nosotros.

Pero también hay un día más. Hoy es un día más. Hoy siento que llevo un día más en este laberinto, con un minotauro llamado coronavirus, del que no veo salida.

Hoy me he despertado con un olor de boca desagradable (Kike ha hecho de las suyas), con un mal sabor de boca (ahí Kike no tiene nada que ver), con pocas ganas de salir de la cama (pero tenía que sacar a Kike) y con menos ganas de afrontar todo lo que nos queda.

Hoy me he dejado la sonrisa en la almohada y buscado, con pésimo resultado, pincharme algo de energía positiva (que para eso la insulina no me vale).

En fin, afrontemos el hoy y ya veremos mañana.

Razas de terrazas

Hay que estamos en casa, que la calle es como el sueño de una noche de verano, porque espero que en verano podamos volver a estar en la calle, ahora que el tiempo más que un regalo es una tortura, justo ahora estamos descubriendo rincones de casa que antes, o ignorábamos o despreciábamos.

Pues uno de esos rincones es la terraza. La terraza es la primera sorprendida de ver tanta gente estos días, que no entiende que le den aplausos (todos los días a las ocho), pero la terraza tiene muchas variantes, muchos tipos, muchas razas.

Hay terrazas trastero. Cuando los que tienen su particular síndrome de Diógenes, esos que no tiran ni los cromos de naranjito, se quedan sin espacio, tiran de terraza. Y ahí hay de todo, pero todo lo que hay después de pasar un tiempo con sol y lluvia se convierte en lo mismo: Basura.

Hay terrazas de diseño, con muebles de diseño y lámparas de diseño y dueños de diseño. Que cuando entras en una de esas empiezas a buscar al DJ y la barra, porque piensas que estás en un local chill out de Ibiza o similar.

Hay terrazas que parecen huertos. Que la gente arranca con mucha ilusión, con hierbas aromáticas, tomates, berenjenas… Hasta que se cansan de esperar y se dan cuenta de que es más sencillo bajar al súper. Es en ese momento en el que todas las plantas se convierten en lo mismo, pasan a ser plantas secas. En este ámbito hay una modalidad similar pero distinta, las terrazas jardín, que los dueños suelen cuidar y apreciar y te hablan de sus plantas como si fueran sus hijos. Cierto que las plantas dan menos disgustos porque no tienen que llevar las notas a casa.

Además hay terrazas diáfanas, la mayoría, donde no hay nada. Y todas tienen un proyecto, a todas les hicieron promesas de lo guapas que iban a quedar, pero a todas les sueltan el manido vuelva usted mañana.

Y por último están las mejores, las que más me gustan, las de los bares. Cómo las echo de menos.

Razas de terrazas

Hay que estamos en casa, que la calle es como el sueño de una noche de verano, porque espero que en verano podamos volver a estar en la calle, ahora que el tiempo más que un regalo es una tortura, justo ahora estamos descubriendo rincones de casa que antes, o ignorábamos o despreciábamos.

Pues uno de esos rincones es la terraza. La terraza es la primera sorprendida de ver tanta gente estos días, que no entiende que le den aplausos (todos los días a las ocho), pero la terraza tiene muchas variantes, muchos tipos, muchas razas.

Hay terrazas trastero. Cuando los que tienen su particular síndrome de Diógenes, esos que no tiran ni los cromos de naranjito, se quedan sin espacio, tiran de terraza. Y ahí hay de todo, pero todo lo que hay después de pasar un tiempo con sol y lluvia se convierte en lo mismo: Basura.

Hay terrazas de diseño, con muebles de diseño y lámparas de diseño y dueños de diseño. Que cuando entras en una de esas empiezas a buscar al DJ y la barra, porque piensas que estás en un local chill out de Ibiza o similar.

Hay terrazas que parecen huertos. Que la gente arranca con mucha ilusión, con hierbas aromáticas, tomates, berenjenas… Hasta que se cansan de esperar y se dan cuenta de que es más sencillo bajar al súper. Es en ese momento en el que todas las plantas se convierten en lo mismo, pasan a ser plantas secas. En este ámbito hay una modalidad similar pero distinta, las terrazas jardín, que los dueños suelen cuidar y apreciar y te hablan de sus plantas como si fueran sus hijos. Cierto que las plantas dan menos disgustos porque no tienen que llevar las notas a casa.

Además hay terrazas diáfanas, la mayoría, donde no hay nada. Y todas tienen un proyecto, a todas les hicieron promesas de lo guapas que iban a quedar, pero a todas les sueltan el manido vuelva usted mañana.

Y por último están las mejores, las que más me gustan, las de los bares. Cómo las echo de menos.

Pan para todos

Mucho se ha hablado de los mil y un gintonics, con sus mil y una ginebras que existen. Y es verdad, porque a menos que tuvieras muy claro lo que querías (seagrams con suepes) acababas desesperado diciéndole al camarero eso de “lo que tú veas”. Eso sí, como consejo, si recurres a ese truco pon a punto tu paciencia y tu cartera, porque el barman (que los subiditos ahora quieren que se les llame así) te va a tener un ratito esperando (buen momento para ir al baño) y te va a subir mínimo tres euros el precio normal de la copa.

Pero no, no es de eso de lo que quiero hablar. De lo que quiero hablar es del pan. El pan que ahora se ha puesto de moda porque es uno de los motivos (o excusas) para poder salir a la calle a dar un paseo. Hay barras de pan que llegan mareadas a casa, y otras que tienen dureza similar a un bate de béisbol, pero siguen saliendo día tras día a la calle.

Cuando yo era pequeño había tres tipos de pan, o al menos eso era lo que yo pensaba. Estaba el pan de hoy, el de ayer y el pan de molde (que siempre lo hemos llamado pan Bimbo). Y ya, no había más. Vale que como muy poco de pan porque mi hermana Maca se comía el suyo y el mío (y yo soy el mayor), pero ahora me he dado cuenta del despliegue de panes que existen.

Hay panes duros, blandos, grandes, pequeños, de trigo, de maíz, multicereales, más tostado, menos… Un follón.

Porque llegas a la panadería y tú, que como yo siempre has sido ingenuo, piensas que es un trámite sencillo. Error. Hola quería una barra de pan ¿Pero una barra, un colón, una chapata, una baguette…? Una barra ¿Pero de trigo, integral…? Uf no sé, normal, de trigo ¿Pero de leña? No sé, normal, una barra ¿Pero más tostada o más blanquita? Y chico ya te desesperas, que te dan ganas de hacerle al panadero ¡pan, pan! Y que te deje en paz. Con tantos tipos de pan al final acabas llevándote lo que quiere el camarero, como con el barman.

Hay picos, regañá, grisinis, pan de leche, tortos, arepas… Hay un mundo, hay hasta pandemia, pero de esa no quiero hablar.

Kike, mi nuevo compañero

Seguro que la mayoría de vosotros ya lo sabéis, pero para los no iniciados, os comento que desde hace dos meses comparto piso con un perro, más en concreto un cachorro, bueno más bien un cacharro. Se llama Kike y tiene tres meses. El nombre viene por algo que no se me da mal del todo: venganza. Porque en su día ya os conté que un amigo le había puesto a su perro de nombre Fercho (buscad el post aquí) así que… ¿Adivináis cómo se llama mi amigo? Pues eso.

Kike tiene solo tres meses y estamos en proceso de adiestramiento y de enseñarle modales. Es cierto que con el tiempo libre que tenemos por el bicho le he pedido tantas veces la pata que ya él de vez en cuando me la da solo a ver si cae chuche (true story). Pero hay una serie de cosas de las que me he dado cuenta que paso a relataros con mi carácter dicharachero habitual.

He escuchado muchas veces eso de “los perros tienen dueño, los gatos sirvientes”, pero vamos a ver, qué digo yo que si tengo que ponerle l comida, la bebida, sacarlo de paseo, llevarlo al médico, comprarle juguetes… ¿Quién es el que manda? Que no, que no os engañen, que el jefe de prensa de los perros se lo ha currado y nos l ha colado, que es todo un complot para que no nos demos cuenta de la supremacía del perro. Los perros son el poder en la sombra, son Hydra para los Vengadores, son el Patriarca para Los Caballeros del Zodiaco, son Irene Montero para Pablo Iglesias.

Y sí, he dejado de lado la más grande de las humillaciones, lo que de verdad nos convierte en mayordomos y mayordomas (toma lenguaje inclusivo). Las cacas. Bueno, recoger las cacas.

En este sentido hay dos opciones, la buena y la mala. Bueno, mejor dicho, la mala y la peor. Porque ya vemos cómo algo natural eso de ir por la calle y tener que sacar una bolsa para coger la caca de nuestro perro. Esa caca calentita y maloliente que introducimos en la bolsa mientras nuestro perro nos mira pensando… Me acabo de cagar y lo has limpiado tú. Que de pequeño llevaba chuches en el abrigo, luego dejé los bolsillos vacíos y ahora… Ahors llevo bolsas de cacas y chuches, pero para perros (de chuches a chuches, el ciclo de la vida).

Pero está la otra opción, la que es peor, la que gusta mucho menos. Porque Kike tiene tres meses y eso de dentro y fuera todavía está en proceso. Y de repente estás en casa y te llega un pestilente hedor que te avisa de una reciente deposición. Vamos que se ha cagado el perro. Y vas, y contienes la respiración, recoges el “regalo”, friegas el suelo (porque yo en casa suelo ir descalzo y en caso de despiste…) y abres la ventana y tiras de ambientador. El ambientador en casa de alguien que tiene perro es similar al botafumeiro en la Catedral De Santiago, sirve para enmascarar los malos olores.

Pero yo, ahora que tengo perro, tengo dudas, muchas dudas. Si el perro me lo han regalado (adopta no compres) ¿Es un candado? Si quieres ser artistas ¿Será cantante? Si quieres algún extra en la hamburguesa ¿Pedirá cancamusa? Si le compro chorizo ¿Tiene que ser de cantimpalos? Si nos vamos de viaje ¿Querrá ir a Canadá?

Vivo en un mar de dudas. En el cantábrico, claro.

El perro verde

Me pasó hace tiempo, hace años, muchos, más de 25 diría yo, y es que a veces nos pasa eso, que nos despistamos el tiempo se nos escapa entre las manos como la arena de un reloj al que, aunque le pongamos todas las ganas, nunca podemos darle la vuelta.

Pues eso, que me pasó hace tiempo, si algo te viene a la cabeza después de tantos años es porque fue algo que dejó huella, que de algún modo, sin saber muy bien por qué revolvió algo que llevaba por dentro. Me pasó en Irlanda cuando tendría yo unos doce años y una niña de edad similar se me acercó y me dijo que era más raro que un perro verde. Creo que se llamaba Catusha (o algo así). Es curioso como recuerdo el nombre de esta chica y me olvido de coger la cartera para ir a tomar una Coca Cola (ayer sin ir más lejos).

Más raro que un perro verde. Y de verdad que no creo que lo dijera para ofenderme, simplemente lo dijo porque lo pensaba, lo que me descuadró fue precisamente que lo pensara. Porque yo me daba cuenta que quizá veía las cosas de forma algo diferente de los demás, pero pensaba que lo disimulaba bien… Una mierda.

Yo el perro verde, yo con mi forma de ver el mundo, con mi vida de teleñeco, con mi fachada de piedra y mi corazón blandito. Y traté de teñir al perro, de que fuera menos verde, de encajar en el modo en el que se supone que se esperaba que fuera. Pero el verde salía, se me escapa, no lo controlaba. El verde tiene mucha fuerza, que se lo digan a Hulk. Porque no nos engañemos, cómo te va a entender nadie si no te entiendes a ti mismo.

No me atrevía, de verdad que no me atrevía. Pensaba en lo que quería decir,en lo que debía hacer, pero la losa del qué dirán me tenía atenazado y amenazado. Cuando el primero que habla mal de ti eres tú consigues contagiarlo, y es que ahora me río de mí mismo, pero antes me flagelaba.

Un perro verde, alguien diferente, especial, extraño, raro, original… Podéis llamarlo como queráis y de forma más cariñosa o menos cordial, pero el perro va a seguir siendo verde.Es lo que hay, y ahora, que me asomo a los 40 a velocidad más rápida de lo que me hubiera gustado, ya lo he asumido, aceptado y entendido.

Soy así, mucho menos serio de lo que parezco, mucho más tímido de lo que pensáis, menos listo de lo que se empeñan, más sensible de lo que me gustaría y, por supuesto, verde.

Sonrisas desde el cielo

Todos las tenemos. Puede que no todos seamos capaces de notarlas, de sentirlas, de notar el calor que nos provocan, porque sí, una sonrisa es algo que calienta. Pero todos las tenemos, y las tenemos ahí, encima, sobre nuestros hombros como una amiga siempre dispuesta a darnos esa palmadita en la espalda, ese empujón cariñoso, o ese abrazo para que sepamos, sin duda alguna, que todo va a salir bien.

Todos las tenemos, porque todos tenemos alguien que nos mira, que nos cuida, que nos lleva entre algodones y que hace de parapeto de nuestra vida para que los golpes duelan menos, y las penas se encojan como la ropa después de Navidad.

Siempre hay alguien que pensamos que no está, pero que simplemente se ha mudado, como los buenos amigos que se van a vivir lejos, si los necesitas solo tienes que llamarlos, pues a ellos, a los que no están, solo tienes que pensar en ellos para notar cómo su mirada vuela desde arriba a centrarse en ti.

Siempre he pensado que una de las mejores cosas que te pueden decir en la vida es “cuando me acuerdo de ti sonrío”, a mí me pasa con muchas personas, tengo mucha suerte en eso, quizá no todos lo sepan, quizá soy algo cerrado a expresar según qué cosas y las guardo a fondo fijo, sabedor de que este depósito no me va a dar rendimiento alguno, pero ahí están. Y pienso que los que no están buscan lo mismo, quieren que sonriamos al pensar en ellos, porque quieren aportar, ayudar, sumar, hacer que nuestra vida sea mejor y cogernos de la manos para subir el siguiente escalón.

Sonríe, por ti y por todos tus compañeros, lo que ves a diario, los que apenas ves, los que tienes cerca, los que ya se han ido e incluso por aquellos que sabes que no van a hacerlo por ti. Sonríe como rutina, como ejercicio del buen vivir, como promesa a ti mismo y a los que te miran desde arriba porque te lo mereces y se lo merecen. Sonríe.

Gente que brilla

Hay gente que brilla, de verdad que la hay. Gente diferente, especial, mágica. Gente que pasa por el mundo de puntillas por no molestar, pero va dejando un halo de calor, de sonrisas, de esperanza. Hay gente que pretende hacerse invisible y no puede evitar destacar por encima de la ruin media.

Yo conozco a varias de esas personas. Me dijiste que era una persona con suerte, y es verdad. La tengo. Tengo la enorme suerte de valer mucho más por los que conozco, que por mí mismo. Tengo en mi agenda talento y corazón equilibrado y desbocado. Tengo en mi haber premios nobeles de vida, de risa, de saber estar y de estar sabiendo. Y te tengo en mi agenda, lo sabes.

Porque hay veces que la vida no es ese camino de baldosas amarillas, y que el mismísimo mago de Oz no es capaz de dotar de corazón, valor o cerebro a quien a nosotros nos gustaría. Y no, tampoco suele pasar que ellos mismos lo tuvieran dentro, que hay veces que Sancho pasa de todo dejando a D. Quijote enzarzado con sus gigantes por los siglos de los siglos. No siempre el pilar en el que nos hemos decidido asentar resiste los envites de la vida y, ante la incertidumbre del momento en el que todo se va a derrumbar, siempre es buena idea una reforma y cambiar las piezas que chirrían.

Te escudas en tu risa, en tu sana ironía, en tu planteamiento pseudo pueril, que de niños sabes un rato, en tus gestos inquietos, en tu ir siempre adelante con palabras por minuto para no dejar hueco al desaliento. Escondes tus lágrimas en tus ojos claros, celosa de permitir un ataque a tu corazón que ya estuvo de mudanza.

Y sufres porque te ha tocado la manzana prohibida en tus propias carnes, por los falsos secuestros,por las puertas cerradas,por los cafés que pesan. Y yo, que solo soy yo, te prometo una mano amiga, un oído atento y una anécdota en la manga para acompañarte en este bache que va a durar más de lo que me gustaría, pero menos de lo que piensas.