Cosas que pienso y a pesar de ello digo

No es mi mejor virtud el filtrar mis opiniones

Dos tipos de personas

Vengo a contradecirme a mí mismo. Otra vez, otra de tantas, pero si es que es algo que me encanta, que mi cabeza pega unos saltos que los canguros lo sienten de la familia. Pero bueno, que después de unos años me he dado cuenta de algo.

En general la gente tiene la manía de dividirnos, de separarnos por grupos. Y no sé si con eso consiguen que nos sentamos más diferentes a los que no están en nuestro grupo, o que nos unamos más a los que sí lo están. La verdad es que siempre he pensado que en España hay tantos grupos como personas que vivimos aquí. Vamos que cada uno es de su padre y de su padre, que todos tenemos lo nuestro, que somos diferentes y raros, con todo lo bueno que eso implica.

Pero bueno, que nos quieren catalogar. Y dicen que somos de izquierdas, o derechas, del Madrid (bien), o del Barça (caca), de dormir con calcetines, o sin ellos… Y en estas que yo pensé que había encontrado el matiz fundamental, lo que realmente nos separa en dos grupos que difícilmente se van a reconciliar: los que quieren la tortilla con ceblolla y los que la quieren sin ella. Evidentemente una tortilla sin cebolla es como un bar sin camareros, como un pueblo sin pilón, como un chico de traje sin americana. Grandes errores.

Y eso, que estaba yo convencido de que ésa era la separación clave. Y no, resulta que no, resulta que hay otra que realmente divide a las personas. En la vida hay dos tipos de gente, los que quedan a tomar un café, y los que quedan para tomar una caña. Para los poco expertos debo decir que puede que los dos planes se parezcan, pero no tienen nada que ver. Hay que fijarse en los detalles, saber leer entre líneas, escudriñar la realidad porque la verdad está ahí fuera (comentario remember).

En los dos planes el objetivo es hablar, pero la forma de hacerlo no tiene nada que ver. Porque un café implica estar sentado, tranquilo, ir a los trascendente, a lo profundo. Un café es el “tenemos que hablar” de los hombres, que no es tan pérfido, ni cruel como el femenino.

Una caña es distinto. Porque en España el alcohol nos lo tomamos muy en serio, somos expertos en él. No sé si somos los que más bebemos de Europa, pero sí que somos los que mejor lo hacemos. Porque el alcohol es parte de nuestro día a día. Y no bebemos con cualquiera, bebemos con amigos, relajados, de pié y codo en barra. Bebemos y hablamos entre risas de nuestras vidas dejando que pase el tiempo, soltando las horas como si no nos costaran.

Y debo decir que yo tengo un problema con el café. No me gusta. Y podría pedir un Cola Cao, pero no da mucha sensación de seriedad. Y podría pedir un zumo, pero no me llama la atención. Y podría pedir una Coca Cola, que es lo que suelo hacer. Pero lo que me apetece es una caña. No nos engañemos, en una mesa una caña y un café queda raro, que da descompensado. Pasa como con los regalos de aniversario, San Valentín y similares, que suelen estar descompensados y luego pasa lo que pasa.

Menos cafés y más cañas, que es mucho más español.

Anuncios

Las trampas de la cocina

El mundo está cambiando, eso está claro. No es ni bueno, ni malo, simplemente es así. Una de las cosas que me sirven para darme cuenta de ello es que en mi grupo de mi amigas es raro la que sepa cocinar. Las mujeres jóvenes no quieren estar dentro de la cocina, y me parece genia. Y también pasa al revés, somos varios los amigos que somos cocinillas.

Vale lo primero, que es importante. No tiene nada que ver el cocinillas con el gourmetillo. Porque el cocinillas es (somos) los que hacemos. Los que venimos de la compra, nos metemos en la cocina y sacamos la comida para amigos, amigas y animales de compañía. Pero los otros… Los otros son los que te dicen que deberías haber comprado cebolleta en vez de cebolla, que deberías haber blanqueado las verduras… Y lo que más me molesta, siempre, pero siempre, tienen que meter la cuchara de madera y dar una vuelta a la sartén. Como si ése fuera el toque mágico, como si las cosas iban a salir bien gracias a ellos, algunos incluso pueden llegar a decir algo del tipo “ponéis vosotros las copas que nosotros hemos hecho la comida”. Para matarlos, es que es para matarlos.

Pero bueno a lo que íbamos, que cada vez somos más los que nos lo pasamos bien en la cocina y menos las que se apañan dentro. Del mismo modo, en mi caso, debo reconocer mi total incompetencia en temas de bricolaje. Ahora mismo noto la mirada clavada en mi nuca de un cuadro apoyado en el suelo que lleva más de un año esperando a que alguien lo cuelgue. Estar así debe ser como ser el siguiente en la fila del Burger cuando tienes mucha hambre, pero que nunca pase el turno. Algo así como cuando estás descargando algo y se queda colgado en el 99%. Porque igual que veo menos mujeres que sepan cocinar, veo muchas más que podrían colgar el cuadro. Y digo podrían porque por más que mendigo nadie se anima. Creen que lo digo de broma. Y no, es una verdad como un templo, no sé colgar un cuadro. Help I need somebody.

Aunque también entiendo que eso de empezar a cocinar no es sencillo. Que la mayoría de programas o tutoriales de cocina parten de que algo ya sabes. Y no se explican claro, y te lían. Vamos, lo mismo que me pasa a mí con el bricolaje. Es más, acabo de buscar un tutorial para colgar el cuadro y me dice que si la pared es de ladrillo es necesario una broca de widia. Con dos cojones. Primero, ¿cómo sé yo de qué está hecha la pared? ¿le pregunto? ¿llamo al arquitecto? Y sobretodo ¿qué narices es la widia? Al final va a ser que tengo en-widia a los que sí saben colgarlo (el chiste es malo, lo sé).

En fin, que lo que decía, que entiendo que los que empiezan a cocinar no lo tienen sencillo. Para empezar el tema de las cantidades es raro. Una pizca, una taza, una cucharada… Oye y cada uno con su taza y su cuchara, que tienen poco que ver con las del vecino. Lo peor es lo de la pizca. Conozco una perra y una niña que las llaman pizca, que no tiene nada que ver, pero yo lo digo.

Y bueno también hay indicaciones del tipo “añade aceite según te lo vaya pidiendo”. No, no va encenderse ningún piloto, ni va a dar un pitido y si notas que te habla el sofrito ¡Háztelo ver! En fin que la cocina tiene sus trucos y sus trampas, como el bricolaje. Cambio comida por colgar un cuadro. No es broma.

El capricho de la Luna

Ella le pidió la Luna. La quería, la necesitaba, no podía vivir sin ella. Y él sabía que no, que la Luna en sus manos, las de ella, no iba a cambiar nada. Sabía que se querían, sabía que la quería, pero quererse no era suficiente. No basta con eso.

Y él se sentía defraudado, por las películas, por los anuncios, por los cuentos y novelas, por los locutores de radio. Porque siempre le habían dicho que el amor todo lo puede. Y es mentira, no es verdad, es falso. Pero ella quería la Luna. Y él no sabía qué hacer.

En Ikea no había una escalera tan alta, Iberia no ofrecía vuelos, ni Blablacar compartir un coche, para que él llegara a la Luna. Y ella no paraba de recordárselo. ¿Tendré la Luna mañana? ¿Tienes escondida en tu casa la Luna para mí? ¿Cómo de grande es la Luna?

Porque la verdad era otra, triste, pero otra. Porque ella no le quería a él, ella quería la Luna. Y él se obsesionó tanto que dejó de pensar en ella y sólo pensaba en cómo conseguirla. Y así pasaron la vida, los dos pensando en la Luna, y ninguno pensando en el otro.

Oro blanco

Vale, que ya hay alguno que está pensando mal y no, no voy por ahí. Nada que ver con Galicia, Colombia o similar. No, hablo de otra cosa distinta. Yo, que tengo ya cierta edad me guste o no (no me gusta, nada, pero nada de nada, nadísimo) recuerdo los tiempos en los que las bolsas del súper eran gratis. Iban siempre a medio llebar (eran gratis) y cuando llegabas de la compra las tirabas a la basura, ese cubo, un cubo, en el que iba todo dentro y no pasaba nada y nadie si se enteraba de que lo mezclabas todo te miraba como si fueras un asesino de cachorros.

Pero ya no, ahora la cosa ha cambiado, pero mucho eh. Porque claro, los supermercados, siempre tan preocupados por el medio ambiente, el bien común y la salud de los unicornios (¡Ja!) decidieron que claro, para que haya menos bolsas la clave era atacarnos donde más nos duele, al bolsillo, que todos tenemos un pequeño rácano dentro. No, no seáis mal pensados (era es ironía eh) nada tiene que ver con lo que las compañías se ahorran y se embolsan (nunca mejor dicho), con esta nueva medida. Recuerdo que una vez leí la burrada que se había ahorrado una compañía aérea simplemente por ahorrar de sus menús una aceituna en la ensalada. Lo que me lleva a pensar… ¿alguien conoce a algún cocinero que prepare esas bandejas? A esos sí que habría que mirarlos como si mataran cachorros.

En fin, que como ya no son gratis pues ha surgido un fenómeno con dos síntomas muy claros. El primero de ellos es que las bolsas siempre se llenan hasta el infinito y más allá, los hay que pretenden meter en esas bolsas una cantidad de cosas similar al número de payasos que salen en los dibujos de un seiscientos. Y claro, no siempre se puede, y claro hay accidentes. Seguro que en nada algún supermercado se planeta en crear el seguro por ruptura de bolsa (para posibles listillos la idea es mía y si lo ponéis en marcha pienso pedir mi parte… Aunque sea en bolsas).

Y hay otro fenómeno que ha surgido. Porque las bolsas tienen su valor, cuestan dinero y nos molesta mucha tener que pagar por lo que antes teníamos gratis. Por eso la bolsas las cuidamos como oro en paño, oro blanco (por aquí iba mal pensados), pero oro. Y no se tiran, lejos de eso se guardan. Todos tenemos un cajón con bolsas, o, lo que a mí siempre me ha parecido curioso, la bolsa de bolsas. ¿una bolsa llena de bolsas es una bolsa embarazada? En fin que los tiempos cambian, las bolsas cuestan y los supermercados ganan aún más, por el medio ambiente claro.

El otro sofá

Parece que lo estoy oyendo, justo ahora mismo es como si tuviera la voz de Sheldon Cooper en mi oído diciendo eso de “ése es mi sitio”. Y es verdad, a todos nos pasa, todos tenemos nuestro sitio en nuestra casa, y ya los que vivimos solos mucho más. Porque todos tratamos de organizar nuestro sitio de la forma más cómoda posible. Tiene que estar lo suficientemente cerca de la mesa baja para poder comer, tener los mandos a mano para no tener que levantarnos para cambiar de canal y estoy seguro que más de uno hace como yo y deja el cargador del móvil en un enchufe cercano. Es como un kit de supervivencia sin levantar el culo del sofá. Es más, recuerdo los domingos de resaca en Villanueva de la Cañada en los que incluso dejaba la luz del salón encendida a las tres de la tarde, para no tener que levantarme más tarde cuando anocheciera. Organizamos en nuestro sitio nuestro pequeño parque de atracciones de movilidad muy reducida, casi nula.

Y es nuestro sitio, y es donde estamos cómodos. Seguro que más de uno va a estar de acuerdo con lo que voy a decir ahora. La rabia que da cuando llega alguien a tu casa y se pone en tu sitio. Y claro, no puedes decir nada, porque si está en tu caso o es tu invitado, o es tu familia y queda feo echarlos. Pero ganas no faltan eh. Te rompen tu rutina, te joden tu espacio, te desordenan tu día. Pero oye, jódete y sonríe que es lo que hay que hacer.

Pero ¿qué pasa con el otro sofá, o los otros sofás? Y ya profundizando más ¿qué pasa con esos muebles que están por estar? Porque no nos engañemos, todas las casas tienen muebles infrautilizados, zonas que valen para acumular polvo (que no para echarlos). Y yo creo que estos muebles son como los funcionarios de las casas, que están ahí, que nadie sabe muy bien para qué valen, pero el día que trabajan no dan más que problemas.

Porque si tú, que pasas horas en tu casa, has elegido tu sofá, será por algo. En mi caso fue por descarte. Cuando yo vine a vivir a esta casa compartía el piso con mi hermana, así que simplemente usé el sofá que estaba libre. Pero mi sofá se lo curró, supo satisfacer mis necesidades y adaptarse a lo que necesitaba, por eso cuando nos quedamos solos pasó a ser sofá titular. Ascendió, porque los sofás deben hacer como los futbolistas, aprovechar las oportunidades que les dan cuando salen del banquillo.Y es curioso, porque el que ahora es el otro sofá, el que se ha visto despojado de titularidad, ahora ha pasado a segundo plano, ahora ya no es tan atractivo para las visitas.

En el fondo seguimos siendo niños pequeños, me explico, lleva a un niño de entre uno y cinco años a un parque y seguro, pero seguro, que el columnio, tobogán, balancín… Al que le apetece subirse, es el que está ocupado. No falla. Luego depende de lo caprichoso que sea el niño podrás reconducirlo hacia otro que esté libre y colará, o tendrás la clásica pataleta pueril con el consecuente sentimiento de “trágame tierra”.

Sin embargo hay una fecha en la que todos tienen su minuto de gloria. En Navidades los sofás suplentes, las copas de celebración, los cubiertos de servir, las servilletas de tela… Todos, todos salen al campo a jugar y joder lo que se quejan y la guerra que dan. Recuerdo alguien que pensé que era mi amiga (cosas que pasan, ella se lo pierde) que me contaba que cuando dejaba a su hermano solo unos días (compartían piso) éste se iba al súper y compraba platos, cubiertos y vasos de plástico para no tener que fregar. No creo que mi madre me deje copiar este sistema para navidades, pero se puede intentar.

El valor de tu silencio

Lo siento. Sé que no debería decirlo, pero no tengo más remedio. Porque yo soy así, me has conocido así y siempre voy a ser así. Porque las verdades me queman en la boca, y no tengo más remedio que dejarlas salir. Pero eso ya lo sabías, y aún así te sorprende que haya tenido que decirlo. ¿Quién de los dos es el poco coherente?

Y sé que nos conocemos desde hace mucho tiempo, y sé que me lo haces muy a menudo, pero no por eso tiene que parecerme bien, no por eso tengo que estar de acuerdo. Una mentira, por más que se repita, no pasa a ser una verdad. Un comportamiento, por más que lo repitas, no tiene por qué acabar gustándome. Que lo tolere no quiere decir que me guste. No te confundas, no es lo mismo.

Y estoy cansado de la frase de marras de “no estoy de acuerdo con tu opinión, pero daría la vida porque pudieras expresarla”, o algo así. Pues no, no estoy de acuerdo. Hay cosas que no se deben decir, hay ruidos que no se deben escuchar, hay momentos en los que el silencio es la mejor opción y romperlo es un insulto y una afrenta a todos los que estamos presentes.

Y tú lo sigues haciendo. No a mí, a muchos. Sin importarte, sin esconderte, sin negar que lo has hecho o pensar en tu culpabilidad. Qué va. Te alzas orgulloso y no tenemos más remedio que tolerarlo, que tolerarte.

Lo siento, pero por más tiempo que pase, sigo sin soportarte despertador.

El mundo de los unos

El mundo de los unos es un mundo complicado. Y no, no hablo de los hunos, que esos son otros. Por cierto que para los que piensen que la ha no vale para nada ahí tienen un ejemplo. Lo que puede cambiar el significado de todo una letra eh, vamos que no es lo mismo pata, que peta, que pita, que pota, que puta. Nada que ver. Pero bueno, como os iba diciendo el mundo de los unos es complicado. Nadie piensa en los unos, nadie piensa en nosotros.

Los unos somos los que vivimos solos, los que no tenemos pareja, los que no tenemos ni hijos, ni mascotas ni nada similar. De verdad que el mundo no está pensado para nosotros. Lo tengo cada vez más claro. Porque podemos empezar por las festividades. No hemos conseguido superar la época dorada de los niños (esos días llamados Navidad), cuando nos encontramos de lleno con San Valentín. No un poco de piedad, por favor. Y claro, así estamos, algo desquiciados, hablando solos, con nuestras rarezas, nuestras manías… Pero la culpa es del mundo, de vuestro mundo emparejado que nos trata tan mal.

Porque si un uno quiere ir a comer, y tienen que ir a comer a un restaurante él (o ella) solo, lo primera que va a notar son las miradas de pena de los que le rodean. A ver señores, que no somos cachorritos enfermos, que no estamos deseando que nos adoptéis, que solo queremos comer. Nada más. Y eso de comer, bueno ahí también nos lo ponen dificil. Porque los platos que más molan siempre son para dos. La fabada es para dos, el arrozc con bogavante es para dos, el chuletón es para dos…

Pero es que, siguiendo en la idea de comer, tampoco nos lo ponen más sencillo si queremos pedir algo para comer en casa. El propio Burger King nos tiene marginados (si alguien de Burger King me lee que se pronuncie), porque a ver, un pedido mínimo de 15 euros son dos hamburguesas, dos refrescos y dos raciones de patatas fritas… ¿Alguien se come eso? Ah, pero claro ahora veo un montón de campañas diciendo que tiramos un tercio de la comida que compramos. Siéntete culpable Burger King.

Si vamos a un supermercado la cosa no mejora. Las cantidades no están pensadas para el “unismo”, qué va. Y vale que en algunas cosas no importa. Un paquete de pasta lo puedes comer en las dosis que te apetezca. Pero por ejemplo, esas bandejas de queso en lonchas, nunca las compro porque a menos que quiera hacer la dieta del sandwich mixto (que no creo que sea tan efectiva como la de la alcachofa) al final se me acaba poniendo de un tono verde pantano poco apetecible. Pero no, no solo pasa con el queso. Con la leche tres cuartos de lo mismo. Si abro un brick de leche suelo darme cuenta de que, a menos que me tome más cafés que Castle y Beckett, la leche del principio me gusta, pero la de grumos del final no tanto. De nuevo tiramos comida. Culpa de los supermercados.

¿Pensáis que solo comer es un problema para nosotros los unos? Ja, qué va. ¿Qué pasa con los hoteles? Tú llegas y dices… Quiero UNA habitación, para UNA persona. Una persona, una cama ¿fácil no? Pues no ¿qué es lo que te encuentras? Dos camas. Ellos lo llaman “habitación doble de uso individual”, pero en el fondo quieren decir “habitación para un triste que vive pasa los días solo”. Y te metes en la cama, y pasas la noche pensando en la cama libre de al lado y quién podría ocuparla en este momento. Lo que pudo ser y no fue. Es cruel.

¿Que si ya he terminado? Qué va. Hasta las compañías de teléfono están en nuestra contra. Mirad ayer quise cambiarme de compañía, por cierto, que al hacer una portabilidad y luego anularlar mi actual compañía me rebajó 20 euros la cuota mensual y me ha dado muchos más servicios. Eso, al menos a mí, me da que pensar, pero esa es otra historia que debe ser contada en otro lugar. En fin, que en ese proceso de analizar ofertas la mayoría de ellas incluían DOS líneas de teléfono. Pero si soy uno, para qué quiero dos. Reespuesta: bueno, si eso la puede dejar inactiva, no es necesario que la use. Muchas gracias, no lo había pensado ¿le han nominado a usted para el Nobel de la telefonía?

Pero ¿y si viajas solo? Porque os recuerdo que en la mayoría ´normalmente en los trenes, aurobuses y aviones las plazas van de dos en dos, o de tres en tres. Y claro, tú vas a viajar y juegas a la lotería del acompañante. Puedes tener muy buena suerte (que la he tenido con alguien que tenía miedo a las turbulencias), o puedes tener muy mala suerte. Y entiendo que en ese sentido se están haciendo mejoras. Por ejemplo los vagones de silencio. Vale, entiendo que si un niño llora no es culpa del niño ni de su madre… ¡Pero mía mucho menos! También tengo que reconocer que en los autobuses de Autoperiferia o de Alsa tienen una fila de asientos individuales. Pero claro, sólo en la clase VIP (creo que Alsa lo llama Supra) es decir, que si vas de uno por la vida te tienes que poder permitir pagártelo. Pues no es justo oye.

Los unos deberíamos asociarnos, defendernos, apoyarnos. Los unos tenemos nuestros derechos y deberían ser reconocidos. Unos del mundo unámonos.

Quieren que os dejen

Quiero hablaros a todos los que tenéis pareja. Bueno, maticemos, a todos los que tenéis pareja humana, que las mascotas suelene tener mejor carácter y os quiere hagáis lo que hagáis. Mi mensaje es claro, conciso, sin lugar a ningún tipo de dudas… Cuidado. En serio, tened cuidado. Pero mucho eh. Yo tengo la sensación, la sospecha o llámelo usted como quiera, que más de una compañía está empeñada en que rompáis. Oye, que si estáis hartos de vuestra pareja y no sabéis cómo dejarlo, igual os viene hasta bien.

Me explico, que sé que soy difícil de entender (¿será por eso que estoy soltero?), llega el día D para las parejas. O más bien llega el día D para los comercios que se aprovechan de las parejas. Llega San Valentín, ese día en el que más te vale tener un buen regalo para tu novio/a si quiere que lo siga siendo. Y oye, llamadme loco (que ya me lo han dicho muchas veces), pero yo creo que hay algunos regalos que no son los más adecuados. De verdad que no. Hay algunos regalos que pueden acabar con la sugerencia de que os los alojéis en vuestras cabidades menos dignas (vamos, que os los metáis por el culo).

Que no vale cualquier cosa, de verdad que no. Que un vale para la depilación más que un regalo romántico parece una indirecta. Que regalar un alta de fibra óptica parece decir “me aburro tanto contigo, que mejor que tengamos algo que ver en youtube”. Que kilo y medio de panceta no afianza una relación. Y ojo, que acabo de decir algo en contra de la panceta… Yo, que llevo tres días soñando con panceta desde que vi el genial Pancetamol (para los poco informados buscadlo en google. Y no, no es una broma, existe). Que una experiencia de deportes extremos os puede llevar a habitaciones separadas. Concretamente cada uno en una planta del hospital.

La clave para elegir un buen regalo la encontré en la película Love Actually. Cuando un jefe le pregunta a su secretaria putón que qué quiere de regalo, ella responde “algo que quiera, pero no necesite”. Pues esa es la clave para triunfar. De nada a todos.

Entre paraguas

Hoy la verdad es que hace un día malo. Llueve, hace algo de viento y dan pocas ganas de salir a la calle. Y no podemos negarlo, no es que seamos unos románticos que nos gusta ver cómo las lágrimas del cielo languidecen por las aceras… No, lo que somos es un poco cabrones y lo que nos gusta es ver cómo los demás se mojan mientras nosotros estamos tan calentitos en nuestra casa.

En esas estaba yo, feliz mirando por la súper ventana de mi cocina… Por cierto, si una ventana es de suelo a techo ¿sigue siendo una ventana? Porque tiene más pinta de balcón, pero no tiene terraza. ¿Es un quiero y no puedo? ¿Tengo una ventana ciclada a base de estoroides? ¿Tengo aires de grandeza? No sé, pero bueno que estaba yo feliz asomado a… eso y, de repente me ha surgido una duda. De las grandes, enorme. Veréis, hay algo que está claro, si está lloviendo a cántaros, lo que los ingleses llaman cats and dogs (siempre me ha hecho gracia esta expresión y no sé por qué) está claro que abrimos el paraguas. Si no llueve el paraguas lo dejamos cerrado. Bueno, esto para los que son precavidos y tienen el sentido común de llevar paraguas, que creo que alguna vez ya es comentado que en mi desastrismo habitual siempre se me olvida.

Pero, y aquí está la clave, en qué momento hay que abrir el paraguas. Es decir, cuál es la cantidad de lluvia necesaria para que decidamos abrirlo. Está claro que eso depende de cada uno. Cuando son pocas las gotas que caen, eso que los más sofisticados llaman llovizna y los más llanos llaman calabobos, puedes ver paraguas abiertos y cerrados. Porque está en ese momento del sí, pero no, del ni contigo ni sin ti, del perro del hortelano, que ni come, ni deja comer.

Porque hay varias cosas que, si pretenden (porque lo pretenden) que vayamos todos a una y nos portemos todos igual, deberían establecer con unos criterios claros, que no haya dudas. Veamos algunos ejemplos. Hace frío o hace calor. No, así no, eso no aclara las cosas. Porque si un andaluz te dice que hace frío lo mismo están a 15 grados y eso para uno del norte es día de manga corta. Deberían tomar cartas en el asunto. Que publiquen en el BOE la temperatura a partir de la cual se considera frío e igual con la que hace calor. Un poco de consideración.

Otro tema que es bastante complicado, las raciones de los restaurantes (o bares, o tascas, o cafeterías, o…) Si nunca has ido te puedes hacer un lío. Nunca sabes si estás pidiendo mucho o poco. Vale usamos el comodín del público y preguntamos al camarero, pero volvemos a las mismas, igual lo que para ellos es mucho, para ti es un aperitivo. Vale, es verdad que con las hamburguesas y los chuletenos te suelen poner el peso, así que, digo yo eh ¿tanto les cuesta poner el peso de los demás platos? No creo que el gasto en tinta para las cartas sea tan exagerado.

Aunque si hay algo que de verdad crea conflictos, pero muchos, y estamos entrando en unas fechas en los que éste se va convirtiendo en tema estrella, es el tema de las relaciones de pareja. Porque a ver ¿en qué momento se decide que la chica con la que has estado quedando es tu novia? Y lo peor es si los dos miembros no piensan que estén en el mismo punto.Vamos, que pesentas a tus amigos a ese chica como una amiga y puede que pases con una frase de San Valentín a San Ballantines.

Un poquito de orden, el Gobierno debería tomar cartas en el asunto y marcar las pautas que, la verdad, estoy tan harto de verlos discutir sin llegar a acuerdos que valgan la pena, que por lo menos así van a conseguir que nos echemos unas risas.

Pequeños desastres del hogar

Estoy seguro de que a ti te pasa igual que a mí. Seguro que en tu casa hay un cuadro que no has colgado, un grifo que gotea, una puerta que cierra mal, un arañazo en la pared… Y esto puede ser por dos motivos: uno porque nunca se te ha dado bien el bricolaje y otra porque eres algo desastre. En mi caso son las dos. No sé si os he contado que hubo una chica que me gustaba (y bastante la verdad, aunque no me hizo ni caso) que se le daba genial todo este tipo de cosas, vamos que estaba para dar lecciones al vasco de Bricomanía (o eso decía ella). A mí, sin embargo, se me da bien la cocina. Éramos complementarios de una manera poco habitual, pero en pleno siglo XXI ya hay muchos modelos de parejas, de familias… O eso creo yo.

El caso es que todas las casas tienen esas pequeñas taras. Esos defectillos que les da personalidad.Conoces una casa cuando sabes, por ejemplo, que para abrir la puerta tienes que empujar con el culo mientras giras la llave, o para cerrar el grifo hay girar el mando fuerte de izquierda a derecha, o… En fin esos rasgos distintivos. Nuestro desastre personal. Qué aburrido es lo perfecto. Y es que somos vagos. Lo somos. Que vale que ponerse a colgar un cuadro necesita de cierta habilidad, de herramientas, de tiempo… ¿Pero poner una bombilla? Tengo lámparas en mi casa que llevan sin bombilla años, es más, he llegado a mover una lámpara cuando me hacía falta luz en una zona. Y ya no es el ir a comprar la bombilla, que parece como si tuvieras que hacer las doce pruebas de Hércules, porque cuando consigues hacer el esfuerzo titánico de traer la bombilla a casa, vas y la dejas encima de la mesa de la entrada. El ponerla ya si eso otro día, que por hoy ya has tenido bastante.

Eso sí, el gustazo que te da el poner esa bombilla, lo bien que te sientes contigo mismo. Y nadie te entiende, y te miran pensado “tío, has puesto una bombilla (suelen decir puta bombilla, pero eso suena feo)”. No te entienden, es tu bombilla, es tu gran obra. Lo has conseguido y no te dan su apoyo. Son tontos.